
Imagen por Nick Bygon
:: Jon Evans * ::
El mundo tiembla. Egipto y Túnez han sido derrocados; Argelia, Gabón, Jordania, Sudán, Siria y Yemen se tambalean. Algunos dicen que es gracias a Twitter y Facebook. Otros, notablemente Malcolm Gladwell y Evgeny Morozov, dicen que los medios sociales son políticamente irrelevantes y/o peligrosos. China ha censurado la palabra “Egipto”, Siria ha legalizado Facebook, y el presidente de Sudán ha declarado que utilizará los medios sociales para aplastar a sus enemigos. Nada de esto podría ser inventado. ¿Qué está pasando? ¿A quién le creemos?
No tema: podemos explicarlo. Todos tienen razón, y lo que pasa no es más que el fin de la política internacional y de la historia tal y como la conocemos. Bienvenidos a nuestro nuevo mundo valiente; ya era hora, por lo demás. El viejo mundo fue ciertamente miserable mientras duró.
Ah… Fue hermoso para los pocos de nosotros lo suficientemente afortunados de vivir en democracias occidentales liberales, donde “los instrumentos de los medios sociales son adecuados para hacer el orden social existente más eficiente. No son un enemigo natural del estatus quo,” como dijo Gladwell el año pasado. Ciertamente, en los Estados Unidos. Pero entonces dio un giro inesperado con su pieza post-Túnez, mostrando su descontento con el rol de Twitter y Facebook: “Las personas aquejadas siempre encontrarán maneras de comunicarse entre ellas… Como escribí el año pasado en el New Yorker, el ‘alto riesgo’ del activismo social requiere raíces profundas y lazos fuertes”.
El despido de todas las formas de comunicación en tanto equivalentes, que aparece en la primera oración, es impresionantemente estúpida; la segunda peca de una ignorancia privilegiada. No parece ocurrírsele a Gladwell que quizás la gente que ha sido incesantemente tratada con brutalidad, empobrecida, humillada por un círculo de sanguijuelas salvajes por décadas quizás podrían comportarse levemente diferente que su propio pueblo.
Jeff Harvis lo ridiculizó pronto y atinadamente: “La lógica de Gladwell: La gente murió antes de que las armas fueran inventadas, por lo tanto las armas no matan gente.”
Pero es un poco más sutil que esto. Los activistas en Egipto no utilizaron Twitter ni Facebook para organizar la maquinaria y las tácticas de sus protestas: de hecho, explícitamente advirtieron contra hacer tal cosa en los manuales que distribuyeron. Twitter y Facebook no fueron la llama de la revolución; fueron su combustible.
Imagine que es usted un egipcio. Tiene treinta años y el mismo hombre ha gobernado su país desde que nació. Su mundo es reducido, máxime porque su gobierno censura y monopoliza los medios. La corrupción oficial, la incompetencia[1] y la brutalidad[2] son endémicas. Mientras la clase dirigente se enriquece, el 40% de su pueblo vive con menos de dos dólares al día, y la mayor parte de las vidas de la gente empeora a ritmo constante.
¿Se levanta usted contra el gobierno? Por supuesto que no. Su ira se ahoga por el miedo y la desesperación, por un sentido fatalista de que nada se puede hacer, de que ésta es la manera como son las cosas y siempre serán, de que quienquiera que se subleve, incluso que hable contra ellas, está condenado. Tomemos por ejemplo a Khaled Said, un hombre honesto golpeado hasta la muerte por la policía porque se rehusó al soborno. Los egipcios están enfurecidos, ¿pero qué pueden hacer? Nada. Una página de Facebook se crea en memoria de Said. Malcolm Gladwell podría decirnos qué tan irrelevante puede ser un acto como éste.
Seis meses después, la página ha acumulado más de medio millón de seguidores, y ha devenido un lugar de reunión en línea para cientos de activistas. Luego de que Túnez hace erupción, un grupo en línea llamado Movimiento 6 de abril llega a manos de uno de los administradores de la página, Wael Ghonim, un hombre de 30 años, ejecutivo de Google, para solicitar ayuda para organizar un día de protesta. Otro de los administradores indica a los seguidores de la página lo que deberían hacer. Explotan y se avalanchan ideas y planes. Y el resto, como dicen, es historia.
La gran paradoja de la tiranía es que un pequeño grupo de gente trata con crueldad, tortura y roba a millones, quienes, si se levantaran en masa, podrían sacudir a sus opresores. La revolución es simplemente la realización de este hecho. ¿Por qué marcharon los protestantes a Tahrir Square? Para mostrar su fuerza en número. Sabían de antemano, a pesar de los intentos en curso del gobierno egipcio de dividir y enceguecer a su pueblo, que los números estaban de su lado. Sólo tenían que echar un ojo a la cantidad de comentarios en la página en memoria de Khaled Said.
Internet (en este caso, aunque odiemos admitirlo, Facebook), permite que los pueblos oprimidos se unan en su ira, compartan furia y humillación en el sentido de ser parte de una sola masa de personas con un objetivo común. ¿Dónde más se puede obtener eso hoy, en una nación enceguecida, fragmentada? ¿En la televisión censurada? ¿En los diarios vacíos? ¿Dónde más se puede mirar allende la propia vida y el propio horizonte obstruido, y darse cuenta de que se es parte de un movimiento? Es posible que por otras vías, podríamos concederle a Gladwell, pero internet lo hace mucho más probable. Simplemente al vincular a los oprimidos y crear conexiones, Twitter y Facebook ayudan a encender las chispas del cambio en todo el mundo.
Esto no necesariamente significa finales felices por doquier. En 1989, luego de la caída del muro de Berlín, Francis Fukuyama escribió un famoso ensayo llamado El fin de la Historia, sobre cómo el mundo entero sería pronto y por siempre dominado por las democracias liberales. Los miembros del politburó de China sin duda se pasan el libro de vez en cuando para reírse a carcajadas. Internet podría ser el final de dictaduras crueles como la de Mubarak, pero no en China, que mantiene una Gran Muralla y un ejército enorme de censuradores (y donde la gente en general se está haciendo cada vez más rica), o en Rusia, donde el partido oficialista es por mucho más sutil, competente y popular. Egeny Morozov, nacido en una Bielorrusia dominada por matones, no está del todo equivocado cuando advierte del optimismo diluido y del peligro de la Red como una herramienta de vigilancia y opresión.
Pero la lección de Egipto es que los dictadores no pueden ya apoyarse en el fatalismo y la desesperanza de sus víctimas. El Acceso Libre a Internet (y quiero decir, en la práctica, Twitter y Facebook), harán que las tiranías descaradas sean imposibles, al revelar la fragilidad simple de los tiranos. Egipto tiene sólo 4 millones de usuarios de Facebook, un escaso 5% de su población; aún si el régimen de Mubarak sobrevive a su partida, imagine lo que pasará cuando ese número llegue al 50%. No será ya posible convencer a los oprimidos de que carecen de poder.
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[1] Un amigo trabajaba en el Ministerio de Telecomunicaciones de Egipto. Cuenta del día en que se mudaron a su nueva sede, construida con mármol, a un altísimo costo: sólo para descubrir que a nadie se le había ocurrido pensar que quizá el Ministerio habría de necesitar cables. Meses después los trabajadores aún estaban taladrando hoyos en las majestuosas paredes de mármol.
[2] En un viaje a El Cairo desde Atenas hace algunos años, la policía escoltó a un hombre esposado en el vuelo, presumiblemente un refugiado siendo devuelto al régimen de Mubarak. Lo sentaron en el asiento frente al mío. Nunca había visto a un hombre más aterrado. Estaba tan horrorizado que, dando alaridos y temblando, se cagó en los pantalones. Eventualmente el piloto se rehusó a volar con él en el avión, y se le obligó a salir. Me pregunto qué habrá pasado con aquel hombre, aunque prefiero no saberlo.
* Jon Evans es novelista, periodista, viajante aventurero e ingeniero de software. Además de su columna en TechCrunch, sus artículos han aparecido en Wired, The Guardian, Maisonneuve y The Walrus.
Publicado originalmente en TechCrunch. Se reproduce con la expresa autorización del autor. Traducción por Marcela Hernández G.







Creo que este artículo no es crítico. Hace el movimiento ideológico que le da una primacía a las tecnologías sociales no sin antes invisibilizar a los movimientos sociales, obreros y campesinos,.
El artículo de Jon Evans es digno de contrastar con este de Sergio de CAstro Sánchez, “Redes sociales, retórica revolucionaria y apuntalamiento del neoliberalismo”:
http://www.insurrectasypunto.org/index.php?option=com_content&view=article&id=5559&Itemid=8