Columna o Sección:
14/09/2011

Patty Hearst y la cobra de siete cabezas

 

La cultura no tiene misericordia. Esta frase siempre me ha gustado, aunque suene falaz, dilapidaría y escapista, de la misma forma que podría serlo un encogimiento de hombros y un “di mae, es lo que hay”. No se puede negar que tiene su peso, Jules Henry y Greg Graffin estarían de acuerdo.

En 1974 un pequeño grupo de estudiantes radicalizados de Berkeley, California, conocidos como el Ejército Simbionés de Liberacion (SLA) secuestraron a Patricia Hearst, Patty para sus allegados, la nieta del entonces barón de los medios, William Randolph Hearst (en el cual fue inspirado Charles Foster Kane, personaje principal de El Ciudadano Kane).

La pequeña organización guerrillera (con tintes maoístas y de inspiración latinoamericana e influenciada por Marcuse) se basaba en el concepto de “simbiosis” para sugerir la unión de todas las clases y razas; siguiendo el concepto de “propaganda urbana” de Régis Debray, que se basaba en el uso selectivo de la violencia por medio de secuestros, robos y ajusticiamientos que llamaran la atención de los medios y, de esta forma, atraer el apoyo popular. El grupo llama a Patty una “prisionera de guerra” y demanda a su abuelo darle comida a los pobres a cambio de la liberación de su nieta. Inmediatamente el ciudadano Hearst inicia un programa de distribución de alimentos de dos millones de dólares.

Poco tiempo después de haber sido secuestrada, y en el torbellino mediático que podría desarrollar (con los ahora modestos medios de la época) el secuestro de una chica de diecinueve años blanca y  millonaria en los Estados Unidos, Patty Hearst, ahora con el nombre código de “Tania”, empieza a aparecer ante las cámaras de seguridad de bancos, realizando atracos y enviando comunicados de prensa donde asegura ser una militante activa del SLA y fiel creyente en su causa. “Díganle a todo el mundo –se oye Hearst, ahora “Tania”– que me siento libre y fuerte, y envío mis saludos y amor a todas las hermanas y hermanos allá afuera”.

Ya fuese porque realmente Patty Hearst se sintiera identificada con la ideología y los métodos del SLA, o por un caso de síndrome de Estocolmo extremo, el SLA ganó entonces una notoriedad que nada tenía que envidiarle a otros grupos militantes de la época, como los Black Panthers.

Era imposible no tener notoriedad (y por tanto apoyo popular, la revolución en el espectáculo), la nieta de uno de los hombres más poderosos y ricos del mundo se había unido a una pequeña banda de guerrilleros urbanos universitarios. Tenía todos los tintes para convertirse mínimo en una canción punk.

Ahora ya casi nadie los recuerda. El último pataleo de esta historia aconteció en 1994 cuando Bill Clinton le concedió un indulto a Patty Hearst, la cual había sido juzgada por el asesinato de Myrna Lee Opsahl, (una clienta en uno de los bancos que el SLA asaltó) y negado toda asociación con el SLA o su ideología, además de asegurar haber sido víctima de abusos y lavado de cerebro.

Quizá haya sido cierto, quizás simplemente la cultura no tiene perdón y lo que sucedió con el SLA y Patty Hearst fue algo que sólo pudo haber sido comprendido bajo el espectro de lo que era esa década y esa parte del mundo. Más allá de eso no tenían la importancia colectiva que creían tener, o no se les quiso dar por miles de razones. Razones que no conozco, pero que pueden ir desde el simple y natural olvido a la más perversa invisibilización conspirativa.

Al final son esas extrañas y curiosas leyendas de libertad. Esas cosas que nunca pasan a la historia oficial, porque no admiten sus razones, y se reducen a chismes, a un “leí en un lado que…” o al resignado esfuerzo bibliográfico y museológico de alguien que sí estuvo ahí.

Es el mismo sentimiento que me da cuando oigo a alguien hablar de cómo las culturas de los pueblos originarios se mezclan, se abandonan por los mismos, se olvidan. Y mientras veo esos rostros sinceramente preocupados y tristes, rostros no solo de académicos biempensantes sino también de las mismas personas de esas zonas, no puedo más que encogerme los hombros y recordar “la cultura no tiene misericordia”. Podés acomodarla un poco para quizás desviar su marcha, podés poner “diques” o almacenar cosas en los pisos de arriba, pero, como una inundación, esta termina cubriéndolo todo. Es imposible escapar de nuestras instituciones culturales y es imposible construir algo fuera de ellas.

El 16 mayo de 1974 seis miembros del SLA murieron en un tiroteo con la policía, marcando así el decaimiento de la organización y su paulatino olvido. Durante el operativo cien oficiales de policía rodearon el lugar donde se encontraban abarricados y, se dice, que dispararon 5371 balas. Tiempo después en 1994, y a raíz del indulto a Patty Hearst, se realizó un reportaje sobre el tiroteo ocurrido hacia 20 años y uno de los vecinos declaraba que él conocía de personas afines al SLA que estaban seguras que, a partir del tiroteo, los vecinos de la zona de South Central se levantarían en armas.

“Pero, hey, esto no es Berkeley”, dijo el entrevistado encogiéndose los hombros con un gesto que bien podría decir “di mae, es lo que hay” pero que para mí siempre dirá “La cultura no tiene misericordia”.

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