De otoños neoyorquinos, ocupaciones y Wall Street (Parte 2)

5:00pm. Sábado 1 de octubre, 2011 (día 15 de la ocupación)

Decididos a celebrarle el cumpleaños a un buen amigo en común, mi compañero de apartamento y yo le organizamos una cena en el aparta para eso de las 8 de la noche. Como se trata de alguien que vivió dos años en Costa Rica, el menú elegido era chifrijo, patacones con frijoles molidos, ensalada y shots de cacique; ¿qué mejor formar de combinar la celebración con satisfacer mi nostalgia gastronómica? El plan era sencillo, yo me encargaba de los platos ticos y mi compa de aparta la ensalada. Todo iba viento en popa; los cubases para el chifrijo estaban en el fuego, costillita de cerdo incluida para darle sabor, el pico de gallo en la refri y estaba terminando de picar el chicharrón para dejarlo adobando, cuando suena el teléfono: “Ey, André – a lxs boricuas como que les falta la “s” que nos sobra a lxs ticxs – estoy en el puente de Brooklyn y están arrestando a todo el mundo, creo que no llego a la cena. Discúlpame con el corillo”. “Dale, cualquier cosa que necesite me avisa” le contesté. Colgamos y pensé, a la mierda la ensalada

Resulta que él, mucho más optimista que yo con respecto al movimiento de “Ocupar Wall Street”, andaba en una marcha que se había organizado para tal día en la tarde, saliendo desde Zuccotti Park en protesta de un ataque policial, con gas pimienta incluido, en contra de unxs manifestantes en las afueras del parque el día anterior. La marcha, de unas 1500 personas, acababa de pasar frente al ayuntamiento, y se dirigía a cruzar el puente de Brooklyn. Todo parecía normal y mientras la gente no se saliera a la calle la policía no se metía con nadie. Sin embargo, cuando la marcha se dirigió a cruzar el puente en dirección a Brooklyn, algunas personas en vez de hacerlo por la vía peatonal lo hicieron por media calle, la policía no dijo nada y todo el mundo dedujo que había permiso para cruzar el puente por la calle; cuando la marcha estaba como a la mitad del puente, la policía los acorraló, cerrando el puente en ambas direcciones y procedió a arrestar a las más de 700 personas que se encontraban en el medio – encargado de la ensalada incluido.

Una sociedad en estado de sitio

Esta no es la primera vez que la  policía gringa usa esta técnica de dirigir manifestaciones hacia un espacio cerrado, en el cual se vuelve más difícil que la gente se disperse y definitivamente no es la primera vez que un arresto masivo lanza más personas a las calles y legitima movimientos hasta entonces fundamentalmente marginales; toda la historia de resistencia pacífica estadounidense está llena de este tipo de eventos y si bien la ocupación de Zuccotti Park ya llevaba dos semanas, fue después de este 1º de octubre que logró convertirse en un fenómeno nacional.

Sin embargo, esta tensión entre represión policial y protesta en contra de la misma es especialmente compleja en la ciudad de Nueva York. Si el 11 de setiembre del 2001 marcó el paso a un‘estado de excepción’ en los EEUU, para la ciudad  víctima del ataque a las Torres Gemelas ha significado el tránsito hacia niveles de control y represión prácticamente orwellianos y a un paisaje urbano que muestra las cicatrices de una población traumada. Por ejemplo, las aceras cercanas a edificios importantes, como la Corte o el Puesto de Bolsa, están repletas de barreras de concreto y acero para evitar que coches (bomba) puedan ser estrellados contra los edificios, muchas calles tienen trampas que no permiten que vehículos de más de cierto peso puedan transitar (quedan atrapados en fosas) y para el 2005 solo la isla de Manhattan contaba con alrededor de 4500 cámaras de vigilancia en las calles. En lo que respecta a la fuerza policíaca, en la actualidad el departamento de la ciudad cuenta con 34500 agentes activos, aproximadamente la mitad del número de tropas gringas en Afganistán y aproximadamente 10 mil menos que el número en Irak, un presupuesto anual de alrededor de $4 mil millones, aproximadamente un 8% del PIB costarricense, y en el 2010 tuvo que pagar $135.8 millones por demandas en su contra. En general, esta fuerza policial asemeja más una fuerza de ocupación que una institución de seguridad ciudadana (los antimotines portan armas de fuego…) y definitivamente está mejor preparada para lidiar con amenazas terroristas, el fantasma del 11 de setiembre, que con manifestaciones ciudadanas pacíficas.

Ocupa Wall St. y la represión selectiva

La ocupación en Zuccotti Park y el aumento de protestas en la ciudad ha servido  para mostrar claramente los niveles de represión y vigilancia policial en la ciudad y la incapacidad por parte de la policía para diferenciar entre una manifestación pacífica y un ataque terrorista. Por un lado, el nivel de vigilancia y de presencia policial en los alrededores del parque no se justifica en relación con la “amenaza” que las personas ahí congregadas podrían significar, de hecho muchas noches parece que hay más policías vigilando que personas acampadas. Por el otro, la fuerza policíaca ha venido utilizando cualquier excusa para arrestar manifestantes. Por ejemplo, han utilizado una ley anti-máscaras, de 1965 pero cuyo antecedente es de los 1800s, que prohíbe que dos o más personas se congreguen en lugares públicos con máscaras puestas, a menos que se trate de fiestas de disfraces tipo halloween (se los juro que no lo estoy inventando), para arrestar a manifestantes que anden las famosas máscaras de Guy Fawkes.

Sin embargo, aunque la represión en la ciudad parece relativamente generalizada, lo cierto es que también es altamente selectiva. Nueva York es la ciudad con los niveles de desigualdad social más elevados de EEUU, similares a los niveles de Honduras, y como en el resto del país, acá la clase social está atravesada por raza (o como diría Stuart Hall “raza” es la forma en la cual se vive la “clase”). Dicho de manera distinta, en la ciudad más desigual de EEUU ser latinx o negrx es prácticamente un crimen. Por ejemplo, a nivel nacional, alrededor de un 12% de la población se reconoce como negrx y un 70% como blancx, sin embargo cuando se observan las estadísticas de las personas encarceladas, los números pasan a 44% y 35% respectivamente (de hecho, para el 2004, la tasa de personas encarceladas por cada 100 mil personas, era de 2500 para negrxs, 957 para latinxs y de 393 para blancxs).

Ya para el caso específico de Nueva York, existe una política llamada “detener y requisar”, de acuerdo con el cual los oficiales pueden detener, interrogar y requisar a cualquier persona que sospechen puede haber, está cometiendo o podría llegar a cometer un crimen. Se trata de una práctica ya institucionalizada, pero que no funciona de igual forma en todos los barrios y en una ciudad altamente segregada espacialmente en términos de racialización, no es difícil imaginarse dónde es más probable ser detenido. De acuerdo a los datos del propio departamento de policía, en el 2010, se detuvo y requisó bajo este programa a más de 360 mil personas, de las cuales un 86% eran inocentes, un 51% eran negrxs, un 33% latinxs y solo un 9% blancxs; la justificación de que se trata de un programa dirigido a prevenir el crimen parece un poco risible, a menos que por crimen entendamos ser oscurito y andar en espacios públicos.

Es evidente que esta racialización del crimen y de la represión policial ha tenido un fuerte impacto sobre los sectores que la sufren más directamente y en este sentido no es de extrañar que la relación entre estos grupos y la mayoría blanquita que inició el movimiento de la ocupación sea tensa. ¿Quién podría juzgar a un jornalero hondureño indocumentado por no querer acercarse a espacios altamente monitoreados por la policía? ¿Quién podría culpar a jóvenes  afroamericanos por no identificarse con la indignación generada porque arrestan a personas en una manifestación, cuando ellxs son el blanco de arrestos injustificados todos los días?

Sin embargo, es importante también reconocer que esta tensión ha venido siendo abordada por parte del movimiento. Existen varios grupos de trabajo dentro de la estructura de Ocupar Wall Street que se enfocan en trabajo comunitario y de discusión sobre grupos minoritarios (latinxs, gente de color, etc.). Además se ha venido expandiendo el movimiento a incluir comunidades fuera de Manhattan donde viven mayoritariamente poblaciones migrantes y afroamericanas. Me referiré a esto en mi próxima y última nota, por ahora basta con mencionar que este crecimiento y apertura a otros grupos y sectores sociales que inicialmente no estaban involucrados ha permitido que ciertos temas y demandas concretas ingresen y sean amplificadas por Ocupar Wall Street. Un claro ejemplo han sido las marchas y piquetes que se han organizado en Brooklyn y Harlem para demandar que se detenga la política de “detener y requisar”, debido a su clara lógica racista y estigmatizante; en ambas varixs manifestantes fueron arrestados. De hecho una de estas personas arrestadas, el profesor de la Universidad de Stanford Cornel West, mencionó durante la manifestación realizada en Harlem que “la lucha por la justicia del movimiento Ocupar Wall Street tiene que enfocarse en más que solo las instituciones financieras”.  Lo cierto es que este movimiento que nació y ha crecido al amparo de consignas abstractas como “¡somos el 99%!” y que ha concentrado en demandas que casi parecen metafísicas, “¡no a la avaricia corporativa!”, cada vez más tiene que lidiar con la necesidad de encontrar formas en que otras demandas más concretas, pero a lo mejor menos inclusivas, encuentren un espacio efectivo dentro de la lógica y actividad política del movimiento. Esto no es poca cosa, pero en buena medida definirá la sostenibilidad a futuro del movimiento como tal. Lo cierto es que quedito, a ratos no tan espectacularmente como el arresto de lxs 700 en el Puente de Brooklyn, están saliendo a la superficie (y creando espacios para conversaciones más amplias y esperemos sustantivas) procesos y dinámicas muy arraigadas en las historias y procesos particulares de los distintos grupos subalternos de la ciudad, y que han tendido a estar invisibilizados; esto definitivamente tampoco es poca cosa. En palabras del propio Toño (Gramsci): “La historia de los grupos sociales subalternos es necesariamente disgregada y episódica. No hay duda de que en la actividad histórica de estos grupos hay una tendencia a la unificación, aunque sea a niveles provisionales; pero esa tendencia se rompe constantemente por la iniciativa de los grupos dirigentes… Por eso todo indicio de iniciativa autónoma de los grupos subalternos tiene que ser de inestimable valor para el historiador integral”.

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