Columna o Sección:
25/12/2011

LAS INVENCIONES DE COSTA RICA

Autor:

 

Desde justo después de la Independencia en 1821, Costa Rica ha sido conocida como un país peculiar, diferente o incluso excepcional en el contexto, tanto de América Central como de América Latina. Esta noción de país excepcional ha sido central en la elaboración de su identidad nacional. Como se puede suponer, para el historiador es sumamente tentador, sea, como fue el caso de los historiadores del siglo XIX y de gran parte del siglo XX, fundamentar esta visión con distintas datos, razones e interpretaciones; sea, como es el caso de la historiografía más reciente, criticar e investigar la génesis y las transformaciones de dicha visión. En mi caso he tratado de estudiar cuando, como y por qué ocurrió el proceso de invención de esa diferencia costarricense; pero aquí quisiera rastrear las invenciones previas, a esa fundacional del siglo XIX , y también las adaptaciones y ajustes realizados a esa matriz originaria, en el siglo XX.

 

Una esperanza fallida:

La primera invención de Costa Rica, como lugar identificable en el imperio español en América, nació sobre la base de una expectativa no cumplida que terminó en un irónico malentendido. En efecto, su nombre tan prometedor surgió de la expectativa, o quizás de la alucinación, de Cristóbal Colón en 1502, durante su cuarto y último viaje, cuando se detuvo en Cariay, lo que es hoy el puerto de Limón en el Caribe de Costa Rica, y se encontró con unos indígenas ataviados con objetos de oro. Nos dice Colón: “…yo vide en esta tierra de Veragua mayor señal de oro en dos días primeros que en la Española en cuatro años”.  En su viaje hacia el sur, hacia Panamá, Colón pareció confirmar su primera impresión y de esta experiencia nació la mítica idea de la riqueza en metales preciosos de esa costa rica, parte de la provincia o el ducado de Veragua. Como sabemos, el dicho ducado fue objeto de disputas múltiples entre la corona española, los herederos de Colón y otros conquistadores  y colonizadores.

La rica costa nunca llegó a estar a la altura de las esperanzas áureas de Colón y de sus sucesores. En efecto, el territorio de Costa Rica fue uno de los últimos en ser ocupado por los españoles y su penetración por el Caribe se hizo totalmente imposible, tanto por los obstáculos que imponía la naturaleza como por la resistencia de las poblaciones indígenas.  En fin, la Veragua costarricense nunca pudo ser conquistada por los españoles y quienes lograron tal proeza fueron, mucho tiempo después, las compañías bananeras estadounidenses, a fines del siglo XIX y a inicios del XX.

Así, la rica costa, pero no ella sino sus valles interiores, solo se entregó a los españoles cuando estos decidieron ocuparla a partir de la ya conquistada Nicaragua y desde el Pacífico. Pero, entretanto, ya había pasado mucho tiempo desde la fugaz visita de Colón, de modo que los europeos solo ingresaron a lo que es hoy el centro de Costa Rica, desde entonces su núcleo histórico, económico y político, en 1560; pero, además, la ocupación efectiva del país no quedó asegurada sino hacia 1590. Los historiadores hemos reconocido esta peculiaridad de la historia inicial de este territorio: su conquista y ocupación tardía, en relación con otras partes del imperio español.

Cabe agregar que esta circunstancia histórica, sirvió como materia prima para una de las reelaboraciones de la identidad nacional en el siglo XX. Como la conquista definitiva de Costa Rica ocurrió tras la aprobación de las famosas Leyes Nuevas, emitidas como respuesta a las denuncias del Padre Las Casas, hacia mediados del siglo XX, algunos historiadores costarricenses descubrieron, es decir, inventaron, que la conquista del país había sido lograda de manera pacífica, casi consensuada, y el mérito se le atribuyó al conquistador Juan Vázquez de Coronado. De este modo, al reputado pacifismo de los costarricenses se le dotó de blasones pluriseculares.

Pero una vez efectivamente ocupada, la rica costa cambió su condición de última frontera del ecúmene hispánico por la distinción, menos épica, de área marginal y remota de un lugar de por sí periférico y secundario dentro del sistema imperial español: el Reino de Guatemala. Los metales preciosos esperados nunca aparecieron y entretanto, como en otras partes de América, la población indígena desapareció rápidamente, tanto por las razones conocidas como por su reducido tamaño. Así, desde por lo menos los inicios del siglo XVIII, los gobernadores de la provincia de Costa Rica, repitieron incesantemente que ese era el lugar más pobre y destituido de todas las Indias: sin comercio, sin moneda, sin ricos, porque todos eran pobres. Así, la rica costa no cumplió sus promesas, tanto porque el litoral avistado por Colón nunca fue efectivamente ocupado por los españoles, como porque el territorio que adoptó su nombre adquirió, más bien, fama de miserable.

En la década de 1940 la imagen de esa realidad colonial encontró un nombre científico, economía natural; así la denominó Rodrigo Facio, un distinguido economista costarricense, fundador e ideólogo del Partido Liberación Nacional y rector de la Universidad de Costa Rica y, lector de la escuela histórica alemana de la economía y del sociólogo Max Weber. Un historiador, Carlos Monge Alfaro, también fundador del citado partido y también rector de dicha universidad, confirió a esa economía natural un significado histórico y antropológico de gran alcance, y afirmó que ella fue el fundamento de una peculiar sociedad a la cual denominó una “democracia rural”. Así, si el pacifismo de los costarricenses remontaba a la misma conquista, su igualitarismo era un legado de la época colonial a la que, rápidamente, empezó a ser una excepcional república.

La imagen de una economía natural, es decir carente de moneda y de comercio, no correspondía realmente con la realidad ya que la Costa Rica de la segunda mitad del siglo XVIII, por el contrario, experimentó, como otras partes del imperio español en los tiempos de las reformas borbónicas, un modesto crecimiento demográfico, económico y territorial y un cierto desarrollo de los intercambios; hechos que han sido señalados por diversos estudiosos de la historia colonial de Costa Rica desde hace unas tres décadas. Tales cambios fueron, precisamente, el fundamento de esa Costa Rica posterior a la independencia que no tardó mucho en descubrir que era diferente y, además mejor, que sus vecinos cercanos. De todos modos, la idea de Costa Rica como un lugar miserable llegó hasta la independencia; así, a inicios del siglo XIX, el historiador guatemalteco, Domingo Juarros, señalaba que el nombre de dicha provincia del Reino de Guatemala, no dejaba de ser una ironía.

 

La invención  de la diferencia costarricense:

Sea como sea, no deja de ser sorprendente que en las tres décadas posteriores a la independencia ocurriera la moderna invención de Costa Rica como mundo de excepción. Así, desde la década de 1820 se empezó a señalar, tanto por propios, como por extraños, y por nuestros vecinos, en particular, que Costa Rica era un lugar de paz, de tranquilidad, y de orden, donde las leyes se respetaban; virtudes que contrastaban con los vicios de nuestros vecinos; en especial, Nicaragua. En la década de 1830, empezó a decirse que en el país la propiedad de la tierra estaba repartida en forma equitativa y que, gracias al orden político alcanzado, ya había empezado a conocer los bienes de la prosperidad y a alejarse de esa imagen triste de los tiempos coloniales. En fin, en la década de 1850, estas condiciones excepcionales empezaron a encontrar su explicación; el país era como era porque casi todos sus habitantes eran blancos, es decir, de origen europeo. Sobra advertir que tales imágenes se construyeron a pesar de que Costa Rica conoció conflictos políticos y militares en esos años y a pesar de que el café trajo prosperidad para muchos, pero favoreció la formación de un grupo oligárquico poderoso hacia mediados del siglo XIX.

Estas imágenes de Costa Rica mostraron ser sólidas y duraderas y fueron divulgadas y vulgarizadas por el estado y las elites liberales desde finales del siglo XIX, hasta que llegaron a formar parte del sentido común de los costarricenses de casi todas las generaciones que atravesaron el siglo XX. Solamente apenas hace unas cuantas décadas tales imágenes han comenzado a perder vigencia tanto por la crítica de distintos intelectuales, como por la más despiadada de la propia realidad. Así, se inventó una arcadia tropical o una especie de Shangri-la, como la denominó un periodista estadounidense a mediados del siglo XX. Sin embargo, quizás, el lugar común por excelencia para representar esta forma anómala de la realidad hispanoamericana, fue la expresión “la Suiza Centroamericana”, en la cual a los atributos ya señalados se agregaba la circunstancia de disfrutar de un clima excepcional. Como sabemos, en Hispanoamérica ha habido otras Suizas, pero la que ha tenido una vida más sana y longeva ha sido Costa Rica.

La eficacia de la invención es bien recogida en la expresión “a la tica”. Debemos recordar que a los costarricenses se les conoce con el apodo de “ticos”. En  este mundo hay muchas maneras de hacer las cosas y sobre todo de resolver los problemas; pero hay una manera específica de hacerlas en Costa Rica: “a la tica”.  Un buen ejemplo de esta peculiar alquimia social y política inventada por los “ticos” fue el llamado “comunismo a la tica”, surgido en los años 1930, el cual intentó ser una manera particular de practicar la doctrina comunista adecuada a la realidad costarricense porque este comunismo pretendía ser respetuoso de la herencia histórica del país, es decir, de la democracia y de la tradición liberal. No obstante, quienes combatieron a los comunistas en la década de 1940, precisamente argumentaron que eran extraños a la idiosincrasia nacional. Por el contrario, ellos, socialdemócratas, si conocían la solución costarricense de los problemas, es decir, las verdaderas soluciones “a la tica”.

 

El apogeo de la excepción costarricense:

Es interesante observar que la Costa Rica excepcional inventada en las primeras tres décadas posteriores a la emancipación de España e implantada en la mayoría de las conciencias desde fines de dicho siglo, era un lugar sin pasado o, más bien, destructor consciente de su pasado, y un mundo orientado hacia el futuro. Los hombres de los primeros días de la independencia constataban con orgullo y asombro los progresos alcanzados por el país gracias al café y al espíritu de su pueblo y de sus  gobernantes. En este sentido, su juicio sobre el periodo colonial era inapelable: una edad oscura. Por supuesto que eran católicos y descendientes de españoles. Pero lo cierto es que su visión de la época colonial coincidía totalmente con la de aquellos gobernadores que habían descrito la provincia en los tonos más sombríos.

No obstante, como ya se ha adelantado, en la década de 1930 surgieron voces y fuerzas que pusieron en duda los fundamentos de la Suiza centroamericana. Contrariamente a lo repetido por mucho tiempo, el país no era igualitario, ni su sistema político un modelo de democracia y su independencia, una ilusión frente al poder del capital extranjero. En la década de 1940, tales críticas adquirieron expresiones políticas reformistas, en versiones comunistas, socialdemócratas y socialcristianas. Como es bien conocido, la literatura dio testimonio de esa toma de conciencia de la nación y podría citarse como ejemplo, la novela Mamita Yunai de Carlos Luis Fallas.

En este contexto, hubo una inversión de la mirada sobre la historia de Costa Rica. Así, la época liberal se convirtió en la fuente de todos los males presentes y se idealizó el pasado colonial, el de la democracia rural, el de la pequeña propiedad agrícola de subsistencia y el del campesino pobre, pero libre; ese al cual nuestro himno nacional llama el “labriego sencillo”. Fueron, sobre todo, los intelectuales del Partido Liberación Nacional quienes se encargados de esta revisión de la historia de Costa Rica y fueron ellos quienes inventaron esa edad de oro, convirtiendo la vieja edad oscura en una época ruda y rústica, pero luminosa.

La nación pacífica y ejemplar que se reinventaba imaginariamente en la década de 1940, no pudo rehacerse prácticamente, sin pasar por una guerra civil en 1948. La fractura que dejó fue severa y los perdedores los socialcristianos y los comunistas, en especial, padecieron la persecución y el exilio. Esta circunstancia, quizás, volvió más urgente la divulgación y la propaganda de la edad de oro inventada en la década anterior junto con la versión originaria de la excepción costarricense. Así, desde mediados del siglo XX y hasta inicios de la década de 1980 la Costa Rica excepcional, inventada en el siglo XIX y retocada después de 1940, conoció su apogeo. La imagen se convirtió en la representación por excelencia de nuestra identidad y de nuestra historia, en las escuelas, en los colegios, en las universidades, en los discursos políticos, en la prensa, en las nacientes ciencias sociales y, también, en las conversaciones de salón. La imagen fue lo suficientemente poderosa, como para que fuese retomada en el extranjero, no solo en los folletos turísticos, sino incluso en los escritos de académicos y literatos.

Indudablemente, Costa Rica era un país excepcional. Quizás, no era necesario mirarlo hacia adentro, bastaba fijarse en su entorno, centroamericano por supuesto, pero también latinoamericano. El espejo de los vecinos funcionaba como un lente poderoso que permitía ocultar los defectos y poner en relieve las virtudes. Este aspecto es fundamental de tenerse en cuenta. Las sucesivas invenciones de Costa Rica han ocurrido en el marco de una confrontación sistemática con los otros países del Istmo y, en especial, con Nicaragua. Sin los males de sus vecinos, Costa Rica, quizás, no hubiera sido tan bella.

En esos treinta años transcurridos entre 1950 y 1980, el estado costarricense se encargó de que este imaginario fuese adoptado por cada uno de sus habitantes desde sus primeros años de vida. Puede asegurarse que tuvo mucho éxito, aunque no es tan claro como las poblaciones negras del Caribe costarricense y las de la provincia de Guanacaste, perteneciente a Nicaragua y anexada a Costa Rica en 1824 pero aislada del centro del país hasta mediados del siglo XX, se apropiaron de ese imaginario en el cual los héroes eran campesinos, pero campesinos de mejillas rosadas. Conviene señalar que la eficacia del imaginario fue directamente proporcional a su adecuación con la realidad.

Efectivamente, durante esas décadas, el estado costarricense además de mitos nacionales, difundió bienestar, prosperidad, oportunidades de movilidad social, en fin mejoramiento significativo de las condiciones de vida de la población. La Costa Rica excepcional de los imaginarios solo existió porque convivió con un estado interventor relativamente eficiente y con un sistema democrático con el cual el grueso de la población se identificó plenamente. No parece necesario decir que no todo fue perfecto; las contradicciones fueron acumulándose, el contexto internacional cambió; Centroamérica ingresó en un ciclo de guerras, revoluciones e intervenciones y la vieja “Suiza Centroamericana”, empezó a despertar del sueño de su excepción.

 

El declive de la excepción:

En los últimos treinta años hemos comenzado a dudar o hemos dejado de creer en los sueños de nuestras invenciones. Los labriegos sencillos fueron  despareciendo y la mítica pequeña propiedad rural también. El café hace mucho dejó de vertebrar nuestra economía y nuestras exportaciones; decir ahora que los costarricenses somos blancos y europeos es muy incorrecto políticamente; las disparidades sociales caracterizan a nuestra sociedad y la distribución del ingreso se ha deteriorado profundamente; incluso, nuestra robusta democracia ya no parece tan saludable; no solo porque ha aumentado el número de personas que no asiste a las urnas, sino que, peor aún, la propia institucionalidad electoral ya no parece tan infalible como se creía.

El fin de las viejas ilusiones no es negativo en todos lo sentidos: parece muy adecuado que la idea nacional costarricense abandone para siempre su fundamento racista y reconozca su carácter mestizo y multicultural. En particular, es muy urgente superar esa visión en la medida en que el país ha experimentado un flujo masivo de inmigrantes nicaragüenses. Ahora, Centroamérica no está al lado y afuera, sino adentro y en todas partes. En suma, hay que darle la bienvenida a la desaparición de todas las dimensiones excluyentes de la identidad nacional costarricense.

Shangri-la ha desaparecido, la barrieron vientos diversos, pero constantes, desde la más reciente corrupción política hasta las más viejas disparidades sociales; desde el ocaso de las políticas reformistas hasta el dogmatismo de las políticas actuales de liberalización y apertura económicas. La vieja convicción de la sociedad costarricense de su progreso sin límites se ha erosionado y los tiempos se han divorciado. El futuro ya no es el tiempo del consenso y de la esperanza porque para unos es luminoso, mientras que para otros es ominoso.

No se puede negar que en algún sentido ha existido históricamente la excepción costarricense, en términos de orden político y de niveles de vida, y se debe agregar que el fenómeno no es exclusivo de la segunda mitad del siglo XX. Mi hipótesis es que la explicación del fenómeno radica en lo político; en la circunstancia de que después de la Independencia, Costa Rica en forma relativamente temprana logró, la centralización política, es decir, construyó su Estado. Así, desde mediados del siglo XIX, un  protagonista central de la vida social y económica ha sido, para bien y para mal, el Estado, el inicial, el liberal y el intervencionista. Es posible también que por esa razón, por la existencia de un Estado, Costa Rica lograra modular, si esa es la expresión, en el marco de su condición de Estado periférico y de soberanía incompleta, el impacto de fuerzas y actores externos. Su relación con los Estados Unidos siempre ha sido peculiar y, a veces difícil, como bien lo experimentaron en circunstancias distintas los presidentes Figueres Ferrer, Carazo y Arias, en su primer mandato. No obstante, el Estado, su lugar en la vida social, su naturaleza y funciones, hoy forma parte de los temas que dividen a los costarricenses.

Finalmente, pareciera que es claro que Costa Rica enfrenta hoy el desafío de proceder a una nueva invención con un contexto radicalmente nuevo. Hay que reinventar el país y su representación tanto simbólica como política en el marco de la llamada globalización y de una situación social nueva condicionada por la presencia de cientos de miles de inmigrantes de Nicaragua. Hay que hacerlo, también, en el marco de una sociedad que mira, con razón, con mucho escepticismo su sistema político y que no logra encontrar nuevas formas de negociación política. En última instancia, la duda sobre la capacidad de inventarse una vez más acecha a la sociedad costarricense. La creencia de ser excepcionales se ha vuelto muy frágil, por no decir que ha desaparecido, y la sospecha de que la propia viabilidad en la época actual no está asegurada parece bastante extendida y se ubica en el centro del debate.

 

La identidad nacional costarricense en el nuevo siglo

Dado las profundas transformaciones que ha experimentado el mundo y también nuestra sociedad en al menos los últimos veinte o treinta años resulta natural interrogarse sobre las modificaciones que ha sufrido la identidad nacional costarricense en este periodo y sobre las consecuencias que tales cambios pueden tener sobre su evolución futura. Parece legítimo preguntarse, por tanto, si los costarricenses de hoy tenemos los mismos signos de identidad que los que tenían aquellos de unas décadas atrás o, para parafrasear a un gran poeta chileno: ¿es que acaso nosotros los de entonces seguimos siendo los mismos? Además, la cuestión no sería simplemente si nuestros signos de identidad han cambiado, sino, sobre todo, si nuestro sentido de pertenencia o de adhesión a esta nación se ha modificado, sea en términos de debilitamiento o de reforzamiento.

Un supuesto implícito en las anteriores interrogantes es la certeza de que efectivamente hace un cuarto de siglo o incluso hace medio siglo existía ya establecida una identidad nacional asumida por la mayoría de los costarricenses. El supuesto es válido y es compartido por la mayoría de los historiadores y otros especialistas que hemos abordado el tema. Así, se acepta que desde al menos mediados del siglo XIX los costarricenses han consolidado una idea de nación centrada en lo que he llamado el excepcionalismo costarricense; conjunto de atributos, elaborados en el espejo de los otros países centroamericanos, según los cuales los costarricenses son pacíficos, laboriosos, homogéneos racial o étnicamente y también en términos económicos y sociales, gracias al café y a la pequeña propiedad.

El excepcionalismo costarricense entró en declive desde la década de 1970 y en la actualidad se acepta que ni somos blancos europeos, sino multiculturales, ni tampoco impera entre nosotros la homogeneidad social, sino una gran desigualdad social y una creciente concentración del ingreso; ni tampoco somos un vergel de paz, sino un país obsesionado por la llamada inseguridad ciudadana. No habría que precipitarse en afirmar que las ideas que articulan el excepcionalismo costarricense hayan muerto totalmente, como podría comprobarse fácilmente en algunos folletos turísticos. Pero es seguro que ya no resultan tan convincentes, para propios y extraños, e incluso en lo que respecto a la idea de una Costa Rica blanca son muy políticamente incorrectas. En suma, ya no es tan fácil decir que Costa Rica es un país de excepción en el contexto latinoamericano, aunque ciertamente ciertas peculiaridades del país se siguen considerando vigentes.

Evidentemente, nadie puede negar la diferencia de Costa Rica en relación con los otros países centroamericanos en términos de importantes indicadores económico-sociales, sintetizados en el índice de desarrollo humano. De igual manera, el estado costarricense dista mucho de poder ser situado en la categoría de “estado fracasado” o a punto de fracasar, en donde Afganistán y Somalia serían casos paradigmáticos, junto con algunos estados africanos, o como han sido endilgados estados como el mexicano y el propio estado guatemalteco, incapaces de hacer valer el atributo básico de un ente estatal, es decir, el monopolio de los medios de coerción, frente a las bandas del narcotráfico y otros grupos delictivos. Tampoco, debemos reconocer, el tejido social costarricense se ha desintegrado a tal punto en que los distintos grupos y clases ya no tengan idea alguna de lo que se denomina el bien común.

No obstante, es claro que los signos de identidad del excepcionalismo costarricense han ido desapareciendo o han entrado en declive. Se podría agregar que la idea asociada al excepcionalismo según la cual Costa Rica era un país favorecido por la fortuna; de manera que su camino por la modernidad, desde al menos la independencia, había sido una continua marcha ascendente hoy resulta menos cierta. Durante casi dos siglos los costarricenses han dado el futuro por supuesto, en el sentido de mejor y superior al pasado y al presente. Pero en la actualidad se puede afirmar que tal confianza en el progreso se ha debilitado: ya la escalera que ha permitido la movilidad social no parece tan firme y segura. En suma, la confianza en el porvenir ha sido sustituida por una conciencia o sensación de incertidumbre.Así, en la época actual el Estado costarricense parece ser menos legítimo que antes; la democracia costarricense parece ser menos convincente que antaño y la sociedad costarricense con penas encuentra la manera de formular un sentido de nosotros, un conjunto de ideas que la unifiquen en el presente y hacia el futuro.

Nos hemos referido a fenómenos sociopolíticos y socioculturales que han puesto en tensión los signos de identidad y los niveles de legitimidad de la identidad nacional costarricense; pero es necesario señalar otros cambios socioeconómicos estructurales que sin duda condicionan su situación actual y sus perspectivas futuras. Un hecho de gran relevancia es que ya no somos una sociedad de labriegos sencillos, sino que, por el contrario, ahora más del 60% de la población vive en ciudades. En otras palabras, ya no somos una sociedad campesina, sino una sociedad altamente urbanizada lo cual tiene consecuencias sobre los signos de identidad y sobre la adhesión a la nación.

En una sociedad de este tipo la comunicación es más intensa lo cual favorece los distintos sentidos de pertenencia de los seres humanos, pero por otro lado en una sociedad más urbanizada las personas en principio pueden tener un mayor sentido crítico, el cual como sabemos puede ser nocivo para la identidad nacional. Otra consecuencia de la urbanización es el surgimiento de las llamadas tribus urbanas más interesadas en sus propios universos de cultura y convivencia que en la lealtad a la patria y el respeto al Estado. Surge así la pregunta sobre cual es el tipo de propuesta de nación que se requiere, tanto en términos culturales como políticos, en un mundo en donde ya no quedan sencillos labriegos y del cual, no obstante, somos herederos de sus representaciones que nos han definido como nación.

Parece obvio que los signos de identidad no pueden ser iguales cuando una sociedad ha cambiado su composición sociológica de manera tan radical. Convendría agregar que no es un azar que en nuestra época se haya desatado lo que podríamos llamar una manía memorialística, según la cual todo lo heredado debe ser declarado patrimonio, desde un edificio hasta una receta de cocina, pasando por los más diversos y sorprendentes artefactos culturales. Tal manía expresa precisamente una pérdida de vínculos orgánicos con el pasado y la necesidad de reestablecerlos en forma artificiosa por medio de la creación de los llamados lugares de memoria, los cuales supuestamente permiten establecer una relación vicaria con el pasado.

Además de la urbanización de la sociedad costarricense, cabe agregar el evidente e importante fenómeno de una significativa presencia de extranjeros, radicados en Costa Rica en forma más o menos permanente o temporal. El fenómeno no es enteramente nuevo porque a finales del siglo XIX el país experimentó un flujo importante de inmigrantes jamaiquinos, hoy en principio integrados en el imaginario de la nación. Pero por su dimensión cuantitativa y por su presencia en la realidad económico-social del país la inmigración de los nicaragüenses es inédita. Recordemos que los jamaiquinos fueron  traídos al Caribe, una zona “vacía”, mientras que los nicaragüenses se han instalado en todo el territorio nacional y en especial en el área metropolitana. También la presencia de esta población extranjera tiene obvias consecuencias sobre las perspectivas de la identidad nacional costarricense.

La globalización como mayor movilidad y mayor conectividad de y entre los seres humanos también tiene un gran impacto sobre Costa Rica. El país esta ahora muy integrado comunicado con el mundo. Esto es importante porque el excepcionalismo costarricense se basó en una especie de provincialismo o de aislacionismo. Así, refugiados en el Valle Central y protegidos por las montañas que lo rodean los labriegos sencillos pudieron preservar su arcadia de las nocivas influencias del mundo externo.

Así, surge la pregunta sobre cuales serían las perspectivas futuras de la nación costarricense. Si entendemos la nación como una comunidad de derechos y responsabilidades y como una comunidad que se imagina a sí misma compartiendo determinados atributos culturales, entre ellos la memoria de un pasado común, la nación costarricense enfrenta dos tipos de desafíos, los unos políticos y los otros culturales.

En lo que respecta a los primeros, la redefinición de la nación es indisociable de lo que el Estado haga y de lo que se haga con él. Esto nos remite a la cuestión de la democracia y al tema de la ciudadanía en la Costa Rica actual. Se podría decir que el Estado costarricense debe encontrar una nueva legitimidad frente a su población; lo cual implica una puesta en marcha de políticas sociales y económicas más inclusivas y una nueva forma de funcionamiento de la democracia, muy condicionada por ciertas lógicas perversas de interacción política. También este Estado debe lidiar con las fuerzas de la globalización sean estas la integración funcional asimétrica con Estados Unidos o las redes internacionales del crimen organizado. También este Estado debe mostrar capacidad para proteger a su población de riesgos globales como la actual epidemia.

En lo que se refiere a los desafíos culturales, me parece que la nación costarricense debe de abandonar definitivamente la noción de excepcionalismo y el provincianismo a ella asociado. Inevitablemente, en el plano cultural la nación costarricense debe asumirse como diversa en su composición étnica y nacional, (los nicaragüenses que viven con nosotros no son un grupo étnico, sino ciudadanos de una nación vecina) en sus articulaciones regionales, y también en términos de los distintos grupos o mundos de convivencia que la integran. La nación debe mirarse como diversa vista de adentro y como cosmopolita cuando mira hacia fuera. En efecto, en la globalización lo que podríamos llamar el cosmopolitismo, en el sentido de capacidad de tener en consideración la diversidad del mundo y las interdependencias que a él nos ligan, es un recurso necesario para países pequeños como el nuestro. Por ejemplo, hablar una lengua extranjera debería estar extendido en el conjunto de toda la población.

En el presente, esa función de la educación parece haber perdido eficacia y quizás por eso ha sido reemplazada por los medios de comunicación y por ciertos espectáculos deportivos. Así, conviene preguntarse sobre el papel que la educación debe jugar en la redefinición de la identidad nacional en el siglo que ha comenzado. En mi opinión la educación patriótica, centrada en el amor a una patria abstracta, debe ser sustituida por lo que una autora llama una educación cosmopolita centrada en la promoción de diversidad cultural interna y en el reconocimiento y valoración de la diversidad y la riqueza cultural del mundo.

La educación cosmopolita también supone una educación centrada en los derechos y las responsabilidades de los ciudadanos no solo con el propio país sino quizás sobre todo con el planeta y con la humanidad en su conjunto. Me parece necesario subrayare la cuestión de las responsabilidades porque esa es la base del ejercicio de la ciudadanía. La apatía política, inevitable en las democracias, es el caldo en donde se cultivan todas las perversiones de las elites políticas. En este sentido, la reconstrucción de la nación en el plano político significa reducir la apatía política y aumentar el ejercicio de derechos entre todos los ciudadanos.

En suma, la educación cosmopolita en el plano cultural puede ser el instrumento que promueva el reconocimiento de la diversidad cultural y el valor de la creatividad y de la experimentación cultural. En mi opinión en el plano de la cultura es más necesario crear, inventar y experimentar que preservar, conservar o rescatar. La educación cosmopolita en el plano de la política puede ser instrumento para incrementar la participación de los ciudadanos en los asuntos que les conciernen tanto a nivel local como a nivel nacional e internacional. En fin, una educación cosmopolita puede ser el instrumento para reinventar la nación costarricense ya no como una nación excepcional y homogénea.

5 Comentarios

  • en particular me ha emocionado la propuesta de reivindicar la identidad costarricense desde el plano educativo orientada a su multiculturalidad. Si nos ponemos a analizar y observar la produccion musical como ejemplo (tomando en cuenta que en ella se podría dar un reflejo de lo que se siente y se visiona), la nuevas bandas musicales, en una gran mayoría hacen sus canciones en idioma inglés bajo la influencia de bandas norteamericanas y europeas. Las nuevas generaciones basan su identidad en paises “primermundistas”, como producto de la apertura del comercio y la entrada de inversion extranjera. El campesino ya hace mucho quedo obsoleto.
    Es obvio que la imagen del campesino, la marimba son elementos que fueron utilizados para construir una identidad que ya en la actualidad no funciona. Ademas porque se ha seleccionado estos elementos y no se han tomado simbolos de por ejemplo la cultura afrocaribeña? cuando viajamos al caribe, y hablamos de el, se habla de “una otra costa rica”. Que pasa con la cultura china, y su adaptacion al pais?. eTanto la afrocaribeña, la china, la nicaraguense y hasta la norteamericana (que es una realidad) no estan dentro de nuestro imaginario a pesar de que forman parte importante de “costa rica” de ahora..
    en fin…… Si no existe una identidad cultural, que enorgullezca y emocione a las nuevas generaciones a hacer cambios, a reflexionar y a mirar de nuevo a un futuro, la apatía y el desinteres reinaran en la poblacion costarricense, dando pie, como consecuencia, a los que gobiernan a realizar chanchadas por siglos de los siglos.
    gracias victor me gusto mucho

  • Se mueren de hambre los polacos … vienen a parar aquí.
    Están cazando judíos en Alemania … vienen a parar aquí.
    Pinochet está matando chilenos.. vienen a parar aquí.
    Están sin brete los nicas … vienen a parar aquí.
    Los gringos no pueden apostar a gusto … vienen a parar aquí.
    Se pone en varas Hugo Chávez … vienen a parar aquí.
    Lo mismo con los narcos, las prostitutas dominicanas, los italianos, los cubanos, los argentinos
    y tantas comunidades que hay en Costa Rica son el producto de esa imagen mundial de que aquí todo es pura vida.

    Aquí no hay ejército, las leyes son suaves y la policía es débil. No visa required.
    Costa Rica es la casa del mundo. ¿No está a gusto en su país? ¡Véngase para acá!
    Si es un judío pobre pero trabajador (1940) en unos años va a tener todo lo que quiera, si es un chino con capital, mejor (2008).

    No me parece mal. Todas esas comunidades han venido a colaborar con la economía y la cultura.
    Concuerdo con promover una educación cosmopolita, es la naturaleza de CR!

    Por cierto, tanto que se la comen y lo único que realmente paraliza, enorgullese y une a Costa Rica es la Sele.

  • Me encanta ver como los de ‘Izquierdas’ se juntan con los del ‘Capitalismo-Apartida’ para destruir la identidad del Costarricense, y crear un esclavo moderno, ser inundo que se basa en esperanzas banales, que tenga ‘esa conciencia de clase’ pero que no tiene criterio y valores trascendentes, para salirse de la mediocridad y crear algo superior. En fin:
    La ‘Suiza Centroamericana’ a muerto… larga vida a la nueva nación “Costa Risa” que se une deseosa a ese concierto de estados fallidos, que forman “La America Letrina”, esa región del mundo que a logrado socializar la pobreza, la ignorancia, el sectarismo ideológico, la falta de orgullo y el desprecio de la casta.

  • Estimados comentaristas:

    Gracias por tomarse el tiempo de escribir unas reflexiones en relación con mi texto. Con Matías y Federico, me alegra que coincidamos en concebir nuestras identidades como invenciones y aperturas continuas; y en relación con Luis infiero que su posición es pesimista, la cual es comprensible, pero no puedo compartir.
    Saludos cordiales:
    Víctor H. Acuña Ortega

  • Estimado Paquidermo:

    Solo quiero señalar que es fácil diferir de su forma de interpretar los datos que aporta. No es de mi interés hacer un comentario extenso de sus hipótesis, pero me parece que Ud. no es suficientemente objetivo y que su posición personal sesga bastante sus conclusiones.

    Ciertamente fue generada una visión de Costa Rica como lugar excepcional, pero sus razones no me persuaden de una realidad histórica que efectivamente marcó una diferencia, no una realidad heredada desde la Colonia, sino una basada en la visión de muchos personajes significativos a lo largo de la historia posterior a la Independencia, personajes que efectivamente consideraron que el pueblo costarricense podía desarrollar y defender valores ante los afanes de poder y enriquecimiento de unos pocos. Y efectivamente, aunque no le agrade el romanticismo, hay que aceptar objetivamente que hubo visiones preclaras que nos han llevado a desarrollar un aprecio por la paz y la democracia que es conocido internacionalmente. Esto no significa que tengamos un sistema perfecto, pues primeramente eso no existe en ningún lugar, pero es un sistema que sigue evolucionando y corrigiendo sus errores.

    La crisis es global, por eso debemos mirar en un contexto macro la respuesta de la sociedad ante la problemática global. Puede consultar los índices modernos de desarrollo y corroborar que el país se mantiene en los primeros lugares con respecto al resto de Latinoamérica. Por supuesto que vivimos una realidad diferente a la del pasado, pero no es un deterioro nacional sino de nivel mundial y después de echar una mirada a muchas otras realidades externas no me queda duda que esa “diferencia” seguirá marcándose en el futuro como lo ha hecho en el pasado.

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