Columna o Sección:
13/02/2012

PEDRO MAIRAL, OÍDO ABSOLUTO

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Las noches de jueves jugábamos fútbol 5 (a veces fútbol 7) en un club cerca del Abasto en Buenos Aires. El Open Gallo. Era un grupo de escritores reunidos por el deporte rey. Funes era el crack. Muchos otros (Llach, Incardona, Casas, Zaidenwerg) tenían pasta de mejengueros. Yo me encontraba, creo, en la fila estándar. Y luego estaba el par que iba por amistad y entusiasmo pero que caminaban sobre patas de palo. Una vez llegamos nueve más uno que iba solamente a tomar fotos, vestido de civil. Se vio obligado a incorporarse para completar los equipos. Sus jeans y camisa fueron como un pilot fosforescente, el neón que lo seguía durante el partido señalando al lagarto enyesado. Les presento a Pedro Mairal.

Así lo conocí. Ya había leído sus legendarios pornosonetos, sabía de su primera novela, Una noche con Sabrina Love, premio Clarín 1998, llevada al cine por Alejandro Agresti dos años después. Esa noche, en el epílogo de parrilla y cervezas en la esquina de Bulnes y Perón, me enteré de su fino sentido del humor, su estado de alerta para el juego de palabras, sin exagerar, sin alzar la voz, el mae que de primera entrada parece tímido pero que en realidad habla poco porque está recolectando información, hundiendo la pala en la materia prima de su escritura.

Pedro ha publicado, entre otros libros, El año del desierto (novela), Tigre como los pájaros y Consumidor final (poesía). Uno de sus cuentos, desde que lo leí, es parte de un taller de escritura que coordino. Se llama “Hoy temprano” (pertenece al libro homónimo). Va así: un niño se sube a un carro e inicia el relato de un viaje a la quinta familiar. Está emocionado porque sale de las cuatro paredes del edificio en el que vive. La quinta es el sol, lo verde, el aire en movimiento, el trayecto en carro hasta allá. Vemos cómo el vehículo se transforma en una cápsula del tiempo. Avanzamos en dos planos, el espacial y el temporal. El niño crece, la familia también, cambia el país, hay progreso tecnológico, concesión de obra pública, hay edad sumando, hay fisuras, dudas, ganas de llegar a un lugar, a una tierra prometida. La velocidad del relato aumenta conforme mejora la técnica (el viaje empieza en un Peugeot 404 y termina en un 4×4 muy moderno) y nos acercamos al destino final. En mi opinión es un cuento perfecto, una obra de-relojería-suiza enchufada al éter de la memoria, el paso del tiempo, el asfalto duro de la realidad, esa promesa fallida o malograda que es, indefectiblemente, la vida de todos.

Mientras escribía este texto le pregunté varias cosas por mail a Pedro. Me pasó un enlace donde da detalles sobre el origen de “Hoy temprano”. “No sé por qué me acuerdo de haber estado mirando las plantas del balcón de mi casa cuando se me ocurrió la forma en que tenía que contarlo. Las plantas se movían apenas con el viento y yo entendí que el cuento eran todos los viajes a esa quinta a la que íbamos de chicos pero contados en un solo viaje. Toda la vida de golpe. También me acuerdo de que me senté a escribirlo y al principio no salía, hasta que me di cuenta de que tenía que contarlo no en pasado sino en presente, un presente casi atemporal”. Y luego añade, como si fuera un detalle lateral, insignificante, algo que debería ponerle la piel de gallina: “el narrador soy yo pero un poco desplazado, o es un tipo que se parece a mí pero no soy yo. Escribí el cuento a los 29 años. Ahora tengo 40, la edad del personaje al final, y noto que esa historia tenía varios aspectos premonitorios sobre mi propia vida, soy ahora un padre separado que va a lo de sus hermanos los fines de semana”.

En la música hay un fenómeno poco usual, extraordinario en el sentido integral de la palabra: el oído absoluto. Es la capacidad de muy pocos seres humanos de identificar -sin otra ayuda- una nota por su nombre, o de producir (con la voz) una nota sin ayuda de otra referencia. En los momentos altos de su escritura, Mairal tiene oído absoluto para la condición humana. Sabe reconocer qué de todo lo que se mezcla en la licuadora de los días y el tiempo es lo que va a decantar, qué queda cuando se desintegre la hojarasca, lo accesorio. Qué es lo que importa, qué es lo que está debajo o detrás del ruido. Pone atención, el viento hace temblar apenas las hojas de las plantas. Escucha esas notas y las escribe de primera mano, sin retórica. Lo podemos imaginar horizontal sobre la tierra, con el oído pegado a la línea del tren. Ojo -advierte- viene a toda máquina el expreso de media noche.

En setiembre del 2011 nos encontramos de nuevo. Otro amigo, Santiago Llach, había elegido un bar del barrio Once, que es lo más parecido en Buenos Aires a San José. Aceras angostas, etnias variadas y mezcladas, caos vial. Llegamos, el bar estaba cerrado y decidimos atravesar la ciudad para ir una especie de fonda en Palermo, en la esquina de Medrano y Gorriti, donde se nos sumaría Fabián Casas, quien me había introducido a las noches futboleras años atrás.  En el taxi, desde el asiento del copiloto, Pedro conversaba ladeando la cabeza. Repasamos la época del Open Gallo, los pormenores de vidas ajenas; en la fonda me dio una novela que guardé y puse en la cola de libros pendientes, que parece la de cirugías en la CCSS.

En un impulso, saltándome el orden de la fila, la saqué de la torre un día de diciembre. Salvatierra es el título. No voy a decir que no la pude soltar. Todo lo contrario, la fui leyendo de a poco, a un ritmo que parecía marcar el propio libro. Leía unas páginas y lo dejaba descansar, o más bien trabajar en mi cabeza. El libro, el objeto, una edición de El Aleph Editores de Barcelona, quedaba cerrado sobre mi escritorio o en el baño, ese otro escritorio. La narración seguía desdoblándose, expandiéndose durante el día. Ese atributo de la buena literatura.

No la he visto en librerías locales, entonces cuento de qué va (altero y resumo contraportada): Juan Salvatierra queda mudo a los nueve años en un accidente a caballo, en una finca cerca del río Uruguay. Sin voz, empieza a pintar en secreto una serie de larguísimos rollos, una tela de cuatro kilómetros en la que registra minuciosamente la vida de su pueblo del litoral argentino. Después de su muerte, los hijos viajan desde la capital para hacerse cargo de la herencia: un galerón repleto de rollos pintados. Intrigado por la obra monumental creada por su padre, el hijo menor, Miguel, se dispone a ordenarla. Junto con las telas, desenrolla una historia familiar que se hunde en el pasado y le hace sombra a su presente.

Imaginen un lienzo que recorre cuatro kilómetros. Un lienzo pintado en silencio, metódicamente, por alguien que estaba fuera de la lógica comercial, que pintaba sin expectativas, sin motivo ulterior. Los hijos la recuperan, quieren que sea patrimonio del pueblo primero, luego venderlo a un museo extranjero que le dé su lugar. Pero el hijo menor encuentra algo más. El lenguaje de su padre. La historia que cuenta un hombre mudo.  El proyecto hercúleo de contar la vida de un grupo de gente, de un estilo de vida, rural, una comunidad que crece al lado del río.

Le pido a Mairal el inside story y dice: “La historia de Salvatierra se me ocurrió viendo un documental de Pollock. Parece que Pollock, cuando lo declararon en la revista Life el mejor pintor norteamericano, tuvo un bloqueo y no pudo pintar más. Pensé en el reverso de eso, un pintor que pintara todos los días, siempre hacia delante, sin parar, sin volver atrás. Y se me ocurrió la idea de los rollos continuos. Un hombre pinta todos los días una tela continua desde los 20 años. Ahí está de nuevo la idea de la vida entera metida en un obra. En este caso, de manera lineal, continua, no toda de golpe como en “Hoy temprano”, pero sí ahí registrada. El cuadro es como una autobiografía del pintor, en la que él mismo no figura. Su mudez me servía para que no teorizara al respecto. Que fuera todo una especulación del hijo. Que Salvatierra padre tuviera su expresión concentrada en lo visual.”

La novela sucede. No sé otra manera de decirlo: no se cuenta, sucede. Avanza al lado del río, tiene un progreso orgánico, una velocidad fluvial. Sin prisa pero sin pausa. Sostenida por algo parecido al zen, la narración misma se va convirtiendo imperceptiblemente en los rollos que pintaba Salvatierra. Una ficción exponencial. Una novela que se transforma en lo que narra. De nuevo es Mairal, el mismo de los jeans en una cancha de fútbol 5, pero esta vez en su elemento.

Creo que nada más se le puede pedir a la literatura. Porque no es poco. Quiero que la lea toda la gente que quiero. No sé dar mejor halago. Pedro Mairal logró, en esta novela de formas austeras, reposadas, una escritura profunda. El autor empieza un círculo en el agua que termina de dibujar el lector. En este momento, allá en su lugar, estará atento a lo que lo rodea. Suena un portazo en el piso de arriba. Esto es un do. Un perro se duerme a los pies de alguien que conversa. Esto, un fa.

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6 Comentarios

  • Luis Chaves también tiene oído absoluto. Por eso lo queremos tanto. Un lujo de pluma para cualquier revista.

  • Muy bueno, y ya le di una ojeada a hoy temprano y a los pornosonetos…
    Será que hay cosas que solo se pueden escribir después de los 30 años…y que hay otras que solo se pueden escribir antes de los 30 años…
    Cuando veo como pasa por toda su vida en hoy temprano, y luego leo los pornosonetos, da esa sensación de que hay cosas que se viven, se piensan y se ven solo en ciertos momentos…

  • Muy interesante también el desarrollo del comentario, me atrevo a decir que también sucede.

  • Genial la pluma de Luis Chaves!!!

  • Acabo de terminar de leer Salvatierra, curiosamente había leído algo sobre ese libro en uno de Piglia, y en la biblioteca me lo encontré así como por casualidad…luego busco más sobre él, y me encuentro que también vos lo habías recomendado….y que había leído el cuento de una vida en un viaje de auto….muy bueno el libro…me lo leí deliciosamente…en mis pocos ratos de ocio….saludos

  • Un cuento genial Hoy temprano (tuve la suerte de que estuviera incorporado en una Antología del Cuento Latinoamericano B39, y a partir de ahí empecé a leer todo lode Mairal). Me gustan mucho también sus poemas, tan directos. Buenísima la nota de Chaves.

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