Columna o Sección:
26/03/2012

CIGARROS SUELTOS

Para César Manso y Adrián Poveda  

La penúltima imagen suya que guardo es tres cuartos de cuerpo asomado por la ventana de copiloto del pick-up, precedido por una carcajada prodigiosa, gritando “¡chupame el boli!”, la mano derecha anclada en el techo, la zurda agarrando el paquete de acuerdo al código internacional de señales del mundo civilizado: la señal de chupame-el-boli.

No sólo no pude replicar, si no que recibí una mirada desmaterializadora de mi madre, con quien caminaba por la acera rumbo a no recuerdo dónde, al tiempo que el resto de los peatones dividían el festejo entre el pick-up que se alejaba pitando y este servidor, la cabeza clavada en el pavimento. A los doce años aquello fue un jaque mate mortífero, una humillación municipal.

Recuerdo con precisión lo que vi por metros infinitos: el gris del cemento, una raya transversal interrumpida por algún brote mínimo vegetal, manchas negras que eran chicles fosilizados, gris de cemento, la tapa ovalada de un medidor del AyA, otra raya transversal, un envoltorio de cremoleta, los fósiles de goma de mascar, la tapa del AyA, el pretil del final de la acera, una mini represa de basura en el caño, el asfalto de la calle, y así por un par de cuadras. La cabeza inclinada por un peso que, visto con el catalejo de la edad, era una tontería pero que en aquel momento fue una derrota termonuclear.

Piyama fue el macho alfa del barrio. Algunos años mayor, extrovertido, provocador, intenso. Era el dueño del play, el goleador de las mejengas, el que había besado a alguien, el traficante de revistas porno y el que sabía botar el humo por la nariz.

Una época de mi vida se resume en esa extensa tarde de vacaciones, en las gradas de la pulpería, sentado entre colegas, esperando que Piyama saliera, con cigarros sueltos para todos, a contarnos alguna de sus historias.

Ahora entiendo que Piyama es un elemento lateral de lo que me quedó de aquellos años. Lo central, que entonces sucedía en segundo plano, fue participar del pequeño cosmos del barrio que giraba alrededor de la pulpería. Ya no recuerdo de qué hablaba Piyama aquella tarde interminable que lo escuchábamos atentos, enamorados; en cambio todavía puedo ver a los vecinos entrando y saliendo de ahí, conversando con Rosa o Tulio, los pulperos, saludándose, cotejando rumores, mirando con reprobación a los proto delincuentes y zánganos que obstaculizábamos la entrada y salida de la pulpe.

Pensaba en todo esto cuando leí recientemente la noticia de la Ley Antitabaco. No voy a detenerme en las generalidades, si bien  esperaba un sentido más crítico de ciertos sectores de la llamada opinión-pública, alguna voz que dijera: esta parte tiene sentido, esta no. Parece que la tónica fue tragarse con vaselina el paquete talibán completo. Lugares cerrados, estamos de acuerdo. El resto es, en el mejor de los casos, corrección política. Tampoco soy fumador. Sucede, apenas, que no me creo el discurso sanitario. La salud no tiene que ver con estas modas. La salud, opino, tiene que ver con la dignidad. Pero claro, yo creo que salud nada tiene que ver con vivir 90 años.

Pero permítanme volver a lo que iba: esta ley prohíbe la venta de cigarros sueltos. Supongo que habrá algún argumento sesudo de los escolásticos de Cuesta de Moras. Sin embargo, lo que veo es un ataque a esas células de identidad, de vida barrial, de núcleos comunales. Protegemos el concepto Pricesmart y le damos con el hacha a la economía residual, de resistencia, que son las pulperías.

Las pulperías (lo que representan) merecen desaparecer. Este es el subtexto de esta y otras leyes recientes. Pero, como una versión centroamericanizada del Esteves de Pessoa, nada espero tampoco.

 

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La última imagen suya que guardo es ésta: cargando dos bolsas de tela una mañana de domingo en la Feria del Agricultor de Zapote. Es impresionante el poder del fenotipo y la memoria. Como un escultor dotadísimo, reconocí a Piyama adentro de una masa deforme y móvil. Me le acerqué por detrás y le dije: -¡eso, Piyama!. Se detuvo, puso las bolsas en el suelo y pensó, Chaves, estás gordo. Y vos además de gordo, calvo, respondí en mi cerebro de doce años, saldando mentalmente la lesión del pasado. Chocamos manos (jamás un abrazo con aquel macho alfa de la infancia), conversamos brevemente y nos despedimos, jalados por nuestras familias, cruzando una última mirada de cuarentones neutralizados.

Siguió su camino entre los trameros y yo, movido por la síntesis, sentí la necesidad de lo que sigue. Puse mis bolsas en la acera, me arrodillé y las agarré de las manos para decir, en tono pentecostal, Ariana, Julia, hijas mías, la vida se parece a la resignación. Pá -dice la mayor-, estás estripando las lechugas.

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9 Comentarios

  • ¡Qué bárbaro! ¡Qué texto más hermoso!

  • Cuando supe lo de la prohibición de venta de los cigarros sueltos, comenté algo muy parecido acerca de la walmartización de nuestro país. Por supuesto, se me respondió el “!Qué raro sos!” de casi siempre. Comparto rareza, Luis.

  • Este texto casi me saca las lagrimas en frente de los planos mecanicos que dibujo para las refinadoras de petroleo gringas

  • Hermoso el texto por la nostalgia que nos logra generar. A quien no le gustaba ir a la pulperia del barrio por unos chicles de a colon o por un delicioso boli. Por supuesto que la walmartizacion de costa rica se esta dando. Totalmente de acuerdo. Pero de esto a afirmar que la nueva ley antitabaco busca acelerar este proceso, ya me suena un poco “sobreactuado”. Hay cosas de la ley que pueden parecer absurdas. Pero Luis, el cigarrillo le cobra millones en gastos en servicios medicos a la caja. Produce cancer, efisema pulmonar, disminucion del rendimiento fisico, y muchas cosas mas. La tabacaleras envenenan al pueblo con sus productos. Esta ley sin duda va a desestimular el consumo de cigarrillos. Y si de verdad disfrutamos fumar, fumemos algo de verdad, tabaco puro, sin aditivos y venenos, como lo hacian nuestros abuelos, los iniciadores de esta costumbre. Volvamos a la tierra, a lo artesanal y dejar de consumir tanto producto industrial toxico y enajenante.

  • Excelente!!! Por muchas razones. Una muy personal: mi abuelo tenía una pulpería, bastante grande, y ahí pasé una buena parte,

  • de mi infancia. No solo una buena parte, sino una parte buena de ella. Me quedaba en el camino de la escuela, así que pasar a visitar a mi abuelo, y ayudarlo a fin de año, eran parte de los rituales infantiles.

  • Gran parta de la sociedad costarricense estamos deacuerdo con la Ley contra el Tabaquismo. El que la ley no permita la ventade cigarros sueltos jamás persigue ese concepto que en este foro les dió por decirle walmartización”. Jamás persigue esto la la nueva ley. lo que persigue es que la gente fume menos. Al no contar con cigarrillos sueltos, la gente fumara menos. Y las razones para estar contra el tabaquismo sobran.

  • Dejemonos de rodeos. El fumado, al menudeo o en pauetes de 2o o 28 unidades, es perjudicial, para los seres humanos. Combatamos esta plaga. también al alcoholismo crónico o social es otro flagelo social. Lo mismo que cualquier tipo de droga.

  • Si los alcohólicos y los fumadores son plagas entonces de eso se sigue que hay que exterminarlos. ¡Qué mieo!