30/05/2012
Tema: Salud

Los hijos de Jor-El

Autor:

 

¿En qué se parece un hospital a Liga de la Justicia?

Mejor empezar por algo más simple. ¿En qué se parece un enfermo a Superman? No será evidente, pero se parecen en muchas cosas. Tal como Superman no es un terrícola, un enfermo no es una persona común. El enfermo es casi un extranjero. Y con esa condición gana misteriosos poderes.

Hay muchas cosas impunes en el mundo: la inocencia de un niño, el impulso del goloso, o los políticos en general. Pero también hay otros seres que gozan de esa permisividad por parte de sus semejantes, o más bien, de sus asemejantes. Nadie, por ejemplo, pensaría en indignarse porque un niño con retraso babee sobre un zapato ajeno, ni ante un sordo aullando estruendos insoportables, ni ante un viejo cuya incontinencia lo empuja a orinarse cuando tiene a su nieto sobre los regazos.

Sí, la compasión y la consideración son vehículos de poder. Entre más sienta un individuo estos bienaventurados sentimientos hacia otro, más poder le otorga. En eso no hay nada excepcional, pero si se conjuga con una condición de asemejanza, las cosas cambian.

Hay simplemente que imaginar el planeta Kripton por un segundo: un mundo lleno de extraterrestres que para todo efecto práctico son poco sorprendentes unos para otros, todos parecidos o casi iguales, y que además están condenados a morir (porque todos sabemos que el planeta Kripton inevitablemente va a explotar). Pero resultan fascinantes para un terrícola. Más fascinantes aún si esos extraterrestres vienen a tomar residencia en nuestro planeta.

Ahora bien, si la fuente de poder de Superman (y de todo Kriptoniano en la Tierra) es su condición extraterrestre, conjugada con el efecto de nuestro sol amarillo, el enfermo no cesa de ser terrícola, y el sol, cuando más, lo único que le aporta es un bronceado salvaje, si tiene suerte.

El poder del enfermo radica entonces en otro lugar: entre el común de los mortales, viene de la compasión; entre enfermos e iguales, el poder lo otorga un televisor.

El común de los mortales le permite cosas al enfermo que nadie soñaría en perdonarle a otro. Y el enfermo, consciente de sus poderes, acomete todas las atrocidades y atropellos que normalmente le costarían muy caro a cualquier otro hombre… o mujer. (Aunque haya quienes discutan que el género femenino acomete esos atropellos y atrocidades indistintamente de su salud, no tomaremos posición en ese aspecto.)

Un enfermo lo suficientemente grave tiene el poder para hacer cualquier cosa: emborracharse para hacer el ridículo, ponerse violento y chocar el auto intencionalmente, insultar a su familia y que se lo agradezcan, o cogerse a la novia de su mejor amigo y que el niño engendrado por esa infidelidad sea considerado una bendición.

Los enfermos caminan entre el hombre común, tal como Superman, gozando de sus facultades superiores, incluso con más impunidad que un político. De hecho, sería solo natural que los enfermos incursionaran en carreras políticas, puesto que ya tienen casi todas las facultades necesarias. O mejor aún, que todos los políticos contrajeran enfermedades mortales. (Hay que reconorle al Comandante Chávez el esfuerzo por dar el ejemplo… Si tan solo Chinchilla y Osquitar hicieran lo mismo.)

El enfermo, entre los simples mortales, se convierte en un héroe.

Pero ¿qué pasa cuando a esos seres portadores de poderes diplomáticos plenipotenciarios se les enclaustra en un lugar a todos juntos? Regresamos al punto de partida. Si regresáramos a todos los diplomáticos a sus países, perderían su inmunidad, sus capacidades plenipotenciarias, y todo interés ante los ojos de la sociedad civil. Lo mismo pasa con los enfermos; lo mismo pasa con Los Superamigos.

 

Mientras tanto, en La Liga de la Justicia

¿Por qué iba La Mujer Maravilla a tenerle consideración a Batman con respecto a quién estaciona el Batimovil o el Avión Invisible en el espacio con sombrita? ¿Con qué fundamento pretende Acuaman que se apiaden de que su poder sea una porquería y un objeto de burlas homosexuales, si Los Gemelos Fantásticos están aún peor? ¿Quién se preocuparía por ese trastorno obsesivo que tiene Linterna Verde con ver un único color en todas las cosas?

Lo mismo sucede en el hospital.

La genealogía del poder en los salones de un hospital regresa a sus formas más clásicas; a aquellas que predominan entre iguales. Sin inmunidades diplomáticas ni compasión.

Qué tan guapa está la hija del enfermo, cuántas visitas recibe por semana, cuántos rosarios reza su madre por hora, pero por supuesto, y sobre todo, quién trajo un televisor.

¡Oh hermoso televisor! ¡Máquina de inefable virtud y dominación! El dueño del televisor en un hospital es como un gobernante entre su pueblo: puede ser déspota, guardando las imágenes para sí mismo y bajar el volumen hasta oírlo solo él. Pero también puede pretenderse más democrático y voltear la pantalla para que todos vean. E incluso algunos optan por un consenso sobre el programa que se ha de mirar, casos en los cuales siempre e indefectiblemente se elige mirar, obviamente, MacGuyver y Walker Texas Ranger.

Walker y MacGuyver son incluso más impresionantes que Superman. El hijo de Jor-El tiene su punto débil: la kriptonita verde. Los otros dos son invencibles, siempre.

Superman incluso tenía una elección compleja: someterse a la kriptonita roja, renunciar a sus poderes, no ser más Superman, y ser un hombre mortal. Ni Walker ni MacGuyver quisieron nuca dejar de ser Walker y MacGuyver.

Pero no todos pueden ser MacGuyver, y mientras tanto, en los salones de la Liga, los enfermos siguen buscando su kriptonita roja, aquella que los convierta en hombres mortales nuevamente, para dejar de ser hombres muertos. Hasta entonces, en el mundo exterior, el abuso de poder y la impunidad resultan placebos cuando menos entretenidos. Y en el hospital se seguirá mirando a Chuck Norris en la tele, porque aún los Superamigos necesitan creer en superhéroes. Y lamentablemente, Chuck Norris y los Superamigos son siempre preferibles a la porquería de producción de la tele nacional.

 

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