Columna o Sección:
06/07/2012

“Que toda la vida es hueco, y los huecos… huecos son”

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Quince minutos de Heredia a San José, en plena hora pico, en autobús, por la Uruca y una parte de la autopista General Cañas… ¡Oh Agujero milagroso!, ¡Oh Abismo de infinita virtud! Quizás el deseo febril de escribir me surgió justamente a raíz de eso: una fiebre cuyos síntomas apenas empiezo a sentir y que se insinúa pertinaz. En todo caso, sea la fiebre, sea la alegría insólita de no permanecer atrapado en un congestionamiento por más de una hora, sea el misterio que encierra recorrer las calles con cierto margen de libertad, me inspiraron y en plena vía (no la parmenídea, de la Verdad) comencé a fraguar mi propia “Ontología del hueco”:

¿Y si nuestro gobierno contratara a una empresa (puede ser alguna de las que trabajaron en la carretera fronteriza del norte; su aptitud para el trabajo queda fuera de toda duda) para cavar unas cinco o seis fosas más, que solucionen por fin un problema ya añejo, es decir, el de los congestionamientos viales?; ¿No hemos dado ya, casi por revelación, con la solución que sesudos ingenieros civiles no han logrado encontrar durante años? Por otra parte, y en otro plano, ¿Si la solución a todos nuestros males, de circulación vial por supuesto, pero también los más profundos males de nuestra existencia, fuese, en efecto, “El Hueco”?

Emil Cioran recupera, en sus Silogismos de la Amargura, una sentencia de antiguas tradiciones que parece venir al caso: “¿Qué hace el sabio? –dice Cioran–. Se resigna a ver, a comer, etc., acepta a pesar suyo esa ‹‹llaga de nueve aberturas›› que, según la Bhagavad-Gita, es el cuerpo. ¿La sabiduría? Sufrir dignamente la humillación que nos infligen nuestros agujeros”. Barrunto una profunda sabiduría oculta en esta naciente “perspectiva ontológica del Hueco”.

¿No será que los huecos constituyen la sustancia misma de nuestro ser? Hemos querido deshacernos de ellos, los hemos vituperado, los cubrimos como cosas vergonzosas; pero con nuestras soluciones formamos hermosos montículos, “huecos al revés”, hemos creado, de este modo, el “no-hueco”.

Pero, ¿no será, irónicamente, que lo que nos hace ser “el país más feliz del mundo” sean precisamente los huecos?, ¿No constituye “el Hueco” el abismo más profundo de nuestra existencia? Sospecho, con el perdón de Platón, que los costarricenses deberíamos, no salir, sino más bien retornar al abismo, al agujero primordial, a la Caverna, pues ahí, con el fútbol, la politiquería, los programas de televisión criollos y las estériles disputas religiosas —figuras emblemáticas del mundo de la mera opinión— encontramos cobijo y logramos olvidar el amenazante mundo exterior, donde los hombres se casan con otros hombres, se consume droga sin contemplaciones y se fecunda a las mujeres con métodos no naturales.

Ignoro la experiencia del resto de mortales que, junto conmigo, tuvieron que atravesar San José hoy a eso de las cinco de la tarde. Mucho me temo que no fue tan grata; que la apertura de “vías alternas”, debido al agujero enorme de la autopista General Cañas, produjo embotellamientos donde antes no había. En cuanto a mí, la tarde me sirvió para reflexionar sobre un proyecto que apenas exploro…

Un campesino de Escazú, hace algunos años, parecía coincidir misteriosamente con la ancestral sabiduría hindú. “Amigo —decía— la verdad es que la vida es un hueco: venimos a este mundo por un hueco, comemos por un hueco, escuchamos por huecos, respiramos por huecos, saciamos nuestras necesidades fisiológicas más apremiantes por huecos, y…finalmente, cuando morimos…nos arrojan a un hueco. Así que, estimado Manuel —sentenciaba orgulloso— la Vida es un hueco”.

Temas profundos estos para meditar; lo cierto es que creo otorgarle crédito a la Baghavad-gita y al viejo campesino; y emulando (o tergiversando, usted lector juzgue) a Calderón de la Barca, me siento tentado a decir que “toda la vida es hueco y los huecos, huecos son”.

 

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1 Commentario

  • Don Manuel, acaba de descubrir usted, y sin proponérselo, la forma de erradicar por completo los huecos de nuestras carreteras: poner al Estado a crearlos. Los que tenemos hoy en día son creados por Natura, bastante más eficiente en sus menesteres que el Estado. Un decreto que monopolice la creación de huecos en manos del Estado acabaría con el celo destructor de Natura. Imagine las posibilidades: licitaciones interminables con apelaciones ilimitadas y carteles mal diseñados, rechazo de refrendo por parte de la Contraloría, contratación – para hacer los huecos – de empresas en quiebra, sin maquinaria, y sin capacidad de costear la obra, etc., etc., etc. Y cuando las autoridades de turno se cansen de esperar por la solución y decidan favorecer a algún amiguito con los trabajos, invitarán a salones de belleza a participar en la licitación para hacer huecos en las calles. Nos convertiríamos en el primer país del mundo sin huecos en las carreteras, y dejaríamos a los filósofos del agujero sin trabajo, con una teoría ontológica en ciernes, truncada por la hermosa realidad!!!

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