
Se inauguró hace unos días la escultura de un artista argelino que retoma el instante preciso en que Zidane acaba de embestir a Materazzi en la final de Alemania 2006. Un momento glorioso, probablemente el mejor de todo ese torneo en el que un hombre decidió echar por la borda las expectativas de todo un país porque no podía hacer otra cosa. Un acto pensado, perfectamente ejecutado y asumido con dignidad. Había anotado un penal trigonométrico, el equipo estaba en la pelea y Zizou, sintiendo una ofensa a su familia y su honor, decidió dejar el área chica, trotar hasta casi media cancha pensando en cómo vengar la vejación y, como el artista completo que era, ejecutarla plásticamente con rencor, potencia y belleza, en ese orden. Muchos humanos pueden hacer cosas sutiles y hermosas, pero con violencia y belleza, muy, muy pocos. De ese momento escribió ya mucha gente, uno de los mejores textos es de Daniel Riera, quien además de periodista de puta madre, es escritor y ventrílocuo.
La vergüenza nacional, se llama un libro de poemas de Daniel. El título, a mi entender, es buenísimo, como lo es el conjunto de textos que contiene. Extraigo una línea: “Lo malo de las letanías es el infinito; lo bueno, no lo sé”. Recuerdo la cantidad de periodistas sentando moral sobre el cabezazo de Zidane, que qué pena ver a un jugador de su estatura hacerse expulsar en la final de la Copa del Mundo, que el fair play, que el país primero, que el reglamento, que el control de las emociones, etc. Letanías, moralinas, leyes, listas de requisitos de lo-que-debe-ser. Diógenes el Cínico -que era como un Chavo del 8 del 300 a.C.: vivía en una tinaja-, decía (o dicen que decía) que las costumbres eran la moneda falsa de la moralidad. No nos preocupamos por saber qué es lo que está mal, sino por lo que dictan las convenciones que está mal.
Uno de sus mayores fans fue Alejandro Magno, pero Diógenes, que despreciaba las riquezas, las costumbres, la ciencia y la gimnasia, lo pasaba zarandeando. Se dice (en Wikipedia) que pasó uno de los ministros del emperador y viéndolo comer en la calle le dijo “¡Diógenes! Si aprendieras a ser más sumiso y a adular más al emperador, no tendrías que comer tantas lentejas”. A lo que Diógenes contestó: “Si tú aprendieras a comer lentejas no tendrías que ser sumiso y adular tanto al emperador”.
Pienso en este ejemplo reciente: la Cámara Costarricense del Libro, después de correr al alero de la American Chamber of Commerce (es decir, del TLC) logró, junto con otros empresarios, el veto a una ley que permitía el fotocopiado y que parece que lesionaba, de otra forma, los derechos de autor. Independientemente de si tienen o no razón, no puedo darle siquiera el beneficio de la duda a nadie que necesite escudarse en la AmCham para ganar una batalla. Uno de los argumentos de este grupo de empresarios fue que la ley que protegía el fotocopiado “atenta contra las condiciones que hacen atractivo al país”. Con lo que podría cambiar de nombre a Cámara Costarricense de Vigilancia del Libro. Los leguleyos. El deber ser.
En 1925, T.S. Eliot publicó uno de sus mejores poemas, The Hollow Men, un largo texto de un escritor extraordinario. El poema termina con los versos más citados de ese autor: Así termina el mundo / No con un estruendo, con un quejido (This is the way the world ends: Not with a bang but a whimper). El mismo Eliot luchó contra sí mismo: revolucionó la literatura pero adhirió en el día a día a la línea conservadora dura.
No sé a qué viene todo esto. O sí. Anteayer recibí mail de un gran amigo. Resumía un conflicto que tuvo vía Internet, en la cuenta de Facebook de otro. Algo muy largo de explicar a gente a la que no tiene por qué importarle. Mi amigo se llama Juan Dicent, es un dominicano que vive en Nueva York, ya nacionalizado estadounidense. Es corredor de bolsa y, además, un escritor natural. Pongo las manos en el fuego por él, tenga o no tenga razón. Es así. Uno no sabe por qué le gustan las cosas que le gustan, ni por qué elige a la gente que elige. Sólo sucede y no hay nada que hacer al respecto.
Lo que quiero contar es que al final del correo, como pináculo de su exposición, decía “No me gusta ser amigo de nadie por ventaja, ni me importa nada que no sea la literatura y la honestidad y las drogas. So fuck them all”. Luego terminaba el mail con algo que traduzco así: te extraño como extrañan los adolescentes.
Corrijamos a Eliot, si me lo permiten: The world ends with a bang, not a whimper.








está solo, papá!!!!!!!
Luis debo felicitarlo por el excelente artículo que escribió, ya sé que usted no es nuevo en esto de la literatura, pero debo confesar -a mi pesar- que esto es lo primero suyo que leo.
Comparto cada idea del artículo con mucha emoción, no en balde siempre he pensado que Zizou hizo aquel día lo que cualquier persona con dignidad debería hacer y de paso, sobre Diógenes deberé aprender más.
“Muchos humanos pueden hacer cosas sutiles y hermosas, pero con violencia y belleza, muy, muy pocos”. Salú, por la belleza de la violencia y viceversa.
sí, uno (dios, me dirían) no siempre sabe por qué hace las cosas. Mejor para uno cuando las sabe. Mas hay derecho de no hacer las que no se quiere. Vos (usted, quise decir) sabés. Mas un derecho ¿cuantísimas veces? negado