Columna o Sección:
09/10/2012
Tema: Cultura

El show DEBE continuar

Autor:

 

Dios es una corta obra de teatro de un solo acto escrita por Woody Allen, que trata acerca una obra de un tal Lorenzo Miller, que a su vez trata sobre un público que ve una obra que escribió Woody Allen, en la cual dos griegos, Diabetes y Hepatitis, escriben una obra. En un punto hace aparición el tal Miller, quien se dedica a explicar con dificultad a los griegos que el público también es un personaje ficticio, como ellos. El público, que hasta entonces no había advertido de su estado ficticio, comienza a cuestionarlo. Miller sabe exactamente qué va a hacer cada uno de los miembros “rebeldes” del público, puesto que son personajes de su creación. Cuando es cuestionado por el personaje de Doris (que estaba consciente de que es una actriz entre el público, pero no de que ella también es ficticia) sobre si el público es libre de hacer lo que se le venga en gana, éste responde de forma lapidaría: “Ellos creen que lo son, pero siempre hacen lo que está previsto.”

Ésta ha sido la base teórica de lo que se puede llamar la sociedad del espectáculo, y de la crítica a la misma. Lo haya expresado de forma intencional o no, Woody Allen, con su pequeña obra de teatro, pone en evidencia la esencia del espectáculo, la cual es según Guy Debord la exterioridad. El espectáculo es el reino de la visión y dicha visión siempre será exterior, en otras palabras, un desprendimiento del individuo de sí mismo, cuanto más contempla, menos es, nos dice Debord. Lo que se denuncia acá es la contemplación de la apariencia separada de su verdad. Lo que la persona contempla en el espectáculo es la actividad que le ha sido sustraída, convertida en algo ajeno, vuelta contra ella misma, organizadora de un mundo colectivo cuya realidad es la de este desposeimiento.

En resumidas cuentas, el espectáculo es el reparto del espacio y del tiempo, del trabajo y del tiempo libre por parte de cualquier otro (la burguesía, el estado, el capital, el dramaturgo, todos a la vez, lo que usted quiera poner acá) en contra del individuo.

Es aquí donde nace la clásica dicotomía “mirar/actuar” que se ha mantenido presente desde el siglo XIX. La emancipación, clásicamente entendida, se ve como el paso del espectáculo a la acción; la apropiación por parte de la persona, de forma violenta o por medio de situaciones, de su tiempo y de su espacio. Sin embargo, el contexto actual pone en tela de duda la simplicidad de esta dicotomía, especialmente en lo que se refiere al papel del espectador y a la validez de la acción del supuestamente emancipado.

Hay dos figuras actuales que sirven de ejemplos; la primera es el manifestante (en su acepción a la revista Times como persona del año)  y la segunda el usuario de Internet. Ambas generalmente se confunden y se mezclan en distintas proporciones, pero para efectos prácticos, veámoslas como entidades separadas.

La reciente popularización de la protesta (el que éstas vayan a permanecer igual de activas que el año pasado es discutible, pero asumamos que sí, aunque ya hayan perdido toda cobertura mediática) ha sido recibida por varios “opinólogos generales” como una reactivación de la ciudadanía, preocupada y directamente activa dentro de la política, no sólo de su país, sino de la política global.

Lo que se observa en los noticieros y en las fotografías son manifestantes que protestan contra una situación en la cual los poderes tradicionales (la burguesía, el estado, el capital, el dramaturgo, todos a la vez, lo que usted quiera poner acá) los han llevado a una situación de precariedad cercana a aquella que hace diez o cinco años veían tranquilamente en su televisión en lugares como África, América Latina o Asia, seguros en su distanciamiento. Esas protestas parecen decirnos: los manifestantes están acá porque han consumido las imágenes de miseria (en espacios y tiempos diferentes) y a la vez ellas nos están ofreciendo un espectáculo en las calles y plazas. En última instancia, como diría Jaques Ranciere, terrorismo y consumo, protesta y espectáculo son remitidos a un único y mismo proceso gobernado por la ley mercantil de la equivalencia. Se trata siempre de mostrar al espectador lo que no sabe ver y de avergonzarlo con lo que no quiere ver, aunque el dispositivo crítico se presenta a su vez como una mercancía de lujo perteneciente a la lógica que él mismo denuncia.

Es acá donde entra en escena el segundo personaje que, como dije anteriormente, está muchas veces confundido con el primero: es el usuario de Internet. Bajo la lógica clásica de la crítica, el usuario de Internet es el espectador por excelencia: recibe cantidades inconmensurables de imagines e información, pero su participación en las acciones es mínima, si no nula.  Lo que cabe acá preguntarse es si esto es del todo cierto. Se podría argumentar que el espectador también actúa. El hecho de mirar lo lleva siempre a observar, seleccionar, comparar e interpretar. Liga lo que ve en la pantalla con muchas otras cosas que ha visto en otros escenarios, en otros lugares. Este mismo artículo es un ejercicio que pone en evidencia esto. El usuario de Internet, aparentemente un espectador estúpido, generalmente retado por aquellos que  le atizan sacrosantamente para que pase a la “acción” (irónicamente también por medio de Internet) es, además de un espectador distante, un intérprete activo del espectáculo que se le propone.

Esto resulta particularmente interesante de notar con los recientes acontecimientos detonados por la posible aprobación de las leyes SOPA/PIPA por parte del gobierno de Estados Unidos, y con la ola de “ciber-activismo” o “ciber-terrorismo” (dependiendo de las habilidades técnicas del usuario) que provino del cierre del servidor de Megaupload. En este caso, el espectador por excelencia, el usuario de Internet, encuentra que su ámbito de acción y de crítica es la misma suerte de “caverna platónica” en la cual se le muestran las imágenes del espectáculo. Si tomamos a los usuarios más “amigables”, incapaces de hackear el portal del FBI, podemos notarlo: sus fotos de perfil cambian, las noticias fluyen por las redes sociales y todos, absolutamente todos, participan por lo menos con su opinión.

En palabras más esotéricas se podría decir que la emancipación, como la entienden estos usuarios/espectadores de Internet, comienza cuando se cuestiona de nuevo la oposición entre mirar y actuar. Cuando se comprende que las evidencias que estructuran de esa manera las relaciones mismas del decir, el ver y el hacer pertenecen a la estructura de la dominación y de la sujeción.

Todo esto quizás sea una forma muy alargada de decir que estamos jodidos por todo lado. Imaginen que van al teatro, a ver cualquier obra, no importa si es buena o mala, si es una adaptación de teatro universitario a los tiempos modernos de un cuento clásico, si es una obra de Bertold Brecht o una comedia tica con más de quinientas funciones a llenazo sobre un taxista libidinoso. Cuando termina la obra, y es hora de tomar los abrigos e irse para la casa, el público se voltea y ya no hay abrigos ni hay casa.

 

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