
Luis Eduardo Aute, en su canción inspirada en la película “Los 400 Golpes”, se disculpa por “confundir el cine con la realidad”, pero, inmediatamente después, vuelve a confesar que en realidad “todo en la vida es cine”, incluso los sueños. Creo que no había oído antes mejor frase para describir a ese personaje que conocemos como el “cinéfilo”.
En la famosa alegoría de la caverna de Platón se cuenta que hay un grupo de hombres encadenados del cuello y las piernas desde su nacimiento, y que únicamente pueden ver hacia una pared en el fondo de una cueva. Detrás de ellos se encuentra un muro y más al fondo una hoguera. Entre la hoguera y el muro circulan muchas personas con objetos cuyas sombras se proyectan en el fondo de la caverna, y los hombres encadenados perciben estas sombras como su única realidad y verdad. La segunda parte también es conocida: uno de los hombres se libera de sus cadenas y se da cuenta de que las sombras no son reales, sino que son producto de la luz de la hoguera, y luego de esto decide salir de la caverna y ve nuevos objetos aún más reales, incluida la luz del sol, que representa la idea de bien y la verdad. Luego, al regresar a la caverna para intentar liberar a sus compañeros de la ilusión en que viven y contarles de su nueva experiencia, ellos no le creen y se burlan de él.
Toda esta idea siempre me ha dejado pensando: ¿qué pensaría Platón si viera que la gente luego de 2400 años, en vez de salir de cavernas, asiste en masa a ellas, muchas veces para divertirse, distraerse o, en el caso de un cinéfilo, para escapar de la realidad y sumergirse en otra totalmente diferente?
Si podemos ver, la sala de cine tiene prácticamente la misma estructura de la caverna platónica. Adentro nos encontramos con una larga colina de sillas que ven directamente hacia una gigantesca –casi mística– pantalla que observa, cual ojo de Mordor, a todos por igual, sin importar que nos hayamos escondido en el rincón más oscuro y alejado (las parejillas). Al fondo, detrás de todas las sillas, escondido en una cabina, está el proyector que emularía a la hoguera y que produce las imágenes o “sombras” que vemos en la pantalla. Esta confusión de ambos universos no debería ser tomado de entrada como algo tan extraño. ¿No podríamos decir que la “realidad” no es más que una gran pantalla, a veces con un solo sentido predeterminado, y con un cierto número de caminos posibles, que estamos obligados a “ver”, sin realmente poder hacer nada para cambiarla?
En “La Rosa Púrpura del Cairo”, dirigida por Woody Allen, su protagonista es una mujer que vive una vida desastrosa con un esposo mujeriego que la agrede y que le impide salir adelante. Luego de perder su trabajo, su única escapatoria ante tantas calamidades es encerrarse en la sala de cine. Esta la conforta, la conmueve, la ilusiona, y, de alguna manera, la mantiene viva. Ella es de esas personas que se sabe cada película de memoria, los actores, los diálogos, y podría decirse que hasta sus pensamientos; en esta dimensión ella es “amo y señor” de todo lo que pasa. En la realidad su vida es un absurdo.
Los discursos, las ideologías, y las estructuras tradicionales (educación, religión, gobierno) muchas veces se convierten en las butacas fijas (las cadenas de la caverna) que no nos dejan movernos o ver hacia otro lado que no sean sus visiones o ideas de bien, felicidad, progreso o libertad (las sombras). En ocasiones nos ponen más cómodos con sillas reclinables o anteojos 3D para que no nos quejemos y aceptemos estas sombras que nos proyectan con mayor facilidad. La vida ciertamente no es más que otra película, y muchas veces hasta la imaginamos con un soundtrack y diálogos específicos dependiendo del momento.
Pero hay que señalar que, de la misma manera en que la ficción afecta nuestra percepción de la realidad, sin esa realidad tampoco podría existir la ficción. ¿De dónde nacieron si no todos los géneros, historias y personajes que vamos a ver al cine? De hecho, el cine ni siquiera podría existir si no fuera porque la mente y el ojo humano presentan ciertos “defectos” físicos, que nos permiten percibir las imágenes en movimiento (En realidad es solo una exagerada cantidad de fotografías que se proyectan a 24 cuadros por segundo).
Al igual que nuestro cerebro crea la ilusión de movimiento donde no lo hay, también tiene la capacidad de crear significados nuevos a partir de dos imágenes yuxtapuestas totalmente diferentes. Lev Kuleshov, cineasta ruso, mostró el poder que tenía el montaje de imágenes en el cine. Si vemos, por ejemplo, la imagen de un niño triste, y luego vemos otra de un plato de comida, probablemente interpretemos que el niño tiene hambre.
También podemos analizar, en una escala macro, otro fenómeno de carácter social que ocurre cuando el universo de imágenes que consumimos a diario –la cultura de los medios y el entretenimiento– se yuxtapone de una manera constante con nuestra realidad, y que como resultado, los solemos fusionar o comprender como una sola entidad, sin límites; nos confunde, y ya no sabemos cuál de las dos es más verdadera.
Ya en Matrix se nos había planteado esta teoría de que la realidad que vivimos y nuestra sociedad solo es un sueño vivido por otros, o que, como pensó Descartes, podríamos ser el experimento de un genio maligno que nos tiene atrapados en una realidad ilusoria. Algunas veces las personas ven noticias sobre guerras, conspiraciones, descubrimientos y les parecen cosas “de película”, y se niegan a creer que tales cosas suceden realmente. Pero si analizan más a fondo se dan cuenta que esa realidad es la verdadera fuente de inspiración para muchas películas y que realmente no hay nada en el cine que no haya estado antes en nuestra experiencia del mundo. En el caso contrario, algunos solo pueden concebir los grandes eventos históricos (Imperio Romano, Revolución Francesa, 2da Guerra Mundial, etc..) encarnados en la piel de estrellas como Brad Pitt o Keira Knightley al punto que el hecho real se desvanece en la ficción y viven alienados de la historia.
Después de la matanza de Columbine en 1999 se abrió en EE.UU. la discusión sobre si los videojuegos y las películas eran las que inspiraban a los jóvenes a amar la violencia, pero nunca se preguntaron si más bien sus guerras en diferentes partes del mundo, la proliferación de armas entre la población civil y el sensacionalismo de sus medios fueron las que inspiraron a la creación de estos productos visuales.
Pero aún así, muchos eventos históricos tampoco habrían sucedido si no se hubieran inspirado antes en los mitos, la literatura o el arte. Por ejemplo, sin las novelas de Julio Verne tal vez no se nos hubiera ocurrido ir a la luna tan pronto, o la misma religión nació en un contexto donde las fábulas y las moralejas determinaban las reglas sociales (y aún lo hacen).
Por lo tanto, el verdadero cinéfilo no se forma en las salas de cine únicamente, tiene que saber ver y entender su realidad tanto como a las películas. Solo así podrá captar más que el simple mensaje que los espectadores promedio asimilan automáticamente. Ver una película es más que simplemente interpretar su contenido; éstas ya son interpretaciones de otros sobre la realidad. ¿Cómo podemos saber si una película es buena, innovadora, fascinante, o decepcionante si no hemos vivido antes esas emociones en nuestra vida? Para el que nunca ha sabido observar, cualquier imagen le parecerá hermosa. Asimismo, para alguien que nunca ha sabido ver y analizar el arte y la ficción y la posibilidad de mundos mejores (o peores), siempre estará conforme con su realidad y no hará nada para cambiarla.
Es una paradoja a fin de cuentas y por eso, a mi parecer, no deberíamos disculparnos por confundir lo real de lo ilusorio. En lugar de preocuparnos por los límites entre ambas dimensiones sería mejor analizar cómo interactúan éstas entre sí y cómo influye esto en el comportamiento humano.







