
Pienso en Leonard Cohen, pienso que él lo sabe todo, por viejo y por diablo. Más específicamente en Everybody knows: la tercera canción de octavo disco de estudio, Im your man, que ha sido la canción de Cohen que más brilla entre los escombros de mi composición cultural. Es una suerte de letanía, la guitarra más animada que la voz, un par de versos, frases, mantras si se siente exótico. Es un artefacto elegante, eficiente, esta canción. Habla de lo que todo el mundo sabe, de lo dolorosamente obvio, de lo que suena como un kilo de carne cruda lanzado contra un azulejo. “Todo el mundo sabe que los dados están arreglados, todo el mundo los rola con los dedos cruzados. Todo el mundo sabe que la guerra ha terminado, todo el mundo sabe que los buenos perdieron.”
¿Qué es aquello que todos, y todas, sabemos? En una sociedad como la actual, donde el conocimiento, o lo que socialmente se acepta como tal, es compartido colectivamente, de forma ilimitada, y producido individualmente, con fuentes limitadas, preguntarse eso puede llevar a serios problemas que sólo se pueden solucionar con patadas teóricas y el gozo de sacar conclusiones equivocadas. Esto, precisamente es un ejercicio de tales patadas y gozos. No se puede hacer un examen extenso de lo que todos sabemos, mucho menos en un corto artículo desechable condenado al internet.
Me gusta partir de una diferenciación, casera, entre “saber” y “creer”. El “saber” es un proceso de conciencia entre un individuo (o un grupo de individuos, una sociedad) y un fenómeno (o él mismo). Es un proceso entendido en tanto a los demás, uno enuncia una certeza: los planetas giran alrededor del sol. Nadie lo niega, ni el Papa que quizás hubiera sido el que tuviera alguna reserva con eso. El saber es socialmente aceptado por todos, es lo que “todos” sabemos, no se discute (mucho). Se sabe que la sociedad es esencialmente injusta (enunciarlo es casi una perogrullada), se sabe que el sistema de gobierno está lleno de corrupción, se sabe.
El creer, en cambio, es un enunciado que sucede muchas veces a pesar de la evidencia. Puede haber sectores grandes, incluso mayoritarios en una sociedad, que compartan esa creencia, pero aun así no pasa de dejar de ser una creencia. Grandes sectores de la sociedad pueden no estar de acuerdo, pero eso nunca parece importarle al que cree. Yo creo en algún dios, yo creo que la sociedad debería ser más igualitaria, yo creo.
Es por eso que es más fácil para una persona, o varias personas, actuar a partir de lo que se cree que actuar a partir de lo que se sabe. El saber se representa como fijo, monolítico, se agota a sí mismo, una vez enunciado, lo que todos sabemos se convierte en algo monolítico prácticamente inamovible, se conoce y se pasa a otro “estadio”, si se quiere ver de esa forma. La creencia implica posibilidad, lo improbado. La gente ya no anda por ahí intentando comprobar la existencia de campos magnéticos, ya todos sabemos que existen, todos estamos enterados al menos de una cosa llamada gravedad (aunque no se entiendan las sutilezas y detalles teóricos). En cambio, la gente sigue accionando a partir de sus creencias. Los religiosos siguen yendo a la iglesia, se sigue intentando y creyendo en la revolución social, se sigue creyendo en el mercado y se sigue opinando (la mayoría de las opiniones, coloquialmente, inicia con el famoso “yo creo que…” o alguna variante como “a mí me parece que…”).
Al final todo se confunde en una ideología, en una escala de valores sociales e individuales, un sistema de valores convertido en programa político que define el modo en que se comportan individuos, grupos de individuos y sociedades enteras. Un límite consensuado del discurso sobre lo que es real y lo que es posible. Donde lo que se sabe es lo que se representa y lo que se cree es la posibilidad de otra representación.
Y nuestra sociedad ha llegado a conciliar la certeza de que la misma es injusta (que hay corrupción política, hambre, deterioro ambiental, alineación general, aburrimiento) con la creencia de que no lo es (democracia, derechos humanos, caridad, desarrollo sostenible, libertad). En fin, la certeza (lo que se sabe) de que un cambio es necesario junto a la creencia de que no hay que cambiar nada para que esto pase (lo que se cree). Entonces nacen agrupaciones políticas que exigen nuevas reformas en términos y por medios tradicionales (reformas políticas por medios electorales y parlamentarios, reformas que combatan la corrupción política), o viejas organizaciones radicales se alinean con esta tendencia. De ahí que se crea que estas expresiones traen un cambio efectivo, pero que se sepa que realmente poco o nada ha cambiado por ellas.
“Yo creo en la igualdad”, dicen, y Leonard Cohen, que lo sabe todo, por viejo y por diablo, responde: “todos saben que el negocio estaba podrido, el viejo negro Joe sigue recogiendo algodón”; “Yo creo en la democracia” y Cohen replica: “todos saben que el bote está goteando, todos saben que el capitán ha mentido”.








no estoy de acuerdo con la diferencia entre ‘saber’ como algo fijo y monolítico y el ‘creer’ como algo que abre posibilidades. en mi opinión personal, es al revés: las creencias producen dogmas cerrados a las posibilidades (por eso son creencias, fe), no permiten lo que compruebe o lo que contradiga su creencia; y el saber me parece que cuestiona las creencias o los estados de cosas fijos para abrir posibilidades para nuevos hallazgos, paradigmas o posibilidades.
sí me pareció muy interesante la idea de que todo el mundo sabe que la sociedad es injusta, corrupta, explotadora, etc. me parece que es cierto que todo el mundo sabe que a todo el mundo se lo están cogiendo, política y económicamente. invierte la idea de la enajenación: la enajenación ya no es no-saber que la sociedad es injusta, estar desinformado o concentrado en el espectáculo (ser inconsciente); la enajenación actual consiste en que todo el mundo sabe que algo no anda bien (todo el mundo es más bien consciente, tal vez demasiado consciente), pero nada al respecto.