:: Gabriel Ruiz :: 23 de septiembre de 1982 – 18 de enero de 2013 Los aplausos comenzaron con el regurgitar de mi almuerzo. Era un juego tonto, sobretodo porque fue idea mía. Aplaudir el vómito ajeno me parecía mucho más divertido, cuando no era yo el que estaba siendo aplaudido. No se trataba de una fiesta pueril, de
El hallazgo de un tercer testículo no me hizo sentir más hombre. El ritual matutino de la ducha lo tiene todo de rutinario. Encontrarse un tercer huevo donde el día anterior solo había dos, no. Por supuesto que no se trataba de un súbito suplemento a mi masculinidad; eso de la generación espontánea ya no se lo cree nadie, pero
“¡Ay, de los que llaman al mal bien, y al bien mal!; que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad!” Isaías 5, 20 Esta es la cita bíblica que encabeza las reflexiones de la conferencia episcopal sobre lo que llamaron un “malentendido progreso”, y “políticas anticristianas (…) que atentarían contra la dignidad humana”; denunciando una concepción
“Lo que no sirve, que no estorbe”, recita algún adagio popular que cobra vida a fin de año, cuando todos parecen prometerse cambiar sus vidas y dejar sus vicios atrás. O como cuando hermosas familias, sonrientes y regordetas, vienen a depositar a custodia de nuestras instituciones de salud aquello que estorba; aquello que podría entorpecer sus vacaciones. Unas palabras a los doctores, un beso en la frente del abuelo, y las camas se llenan de ancianos abandonados, sacrificados a un olvido temporal por el bien de las vacaciones familiares
Entre las experiencias más intimas y personales de las que gozamos los seres humanos, definitivamente resalta la masturbación. Desde temprana edad descubrimos nuestras zonas erógenas con curiosidad y recelo; procurando nadie nos vea, ni sepa lo que estamos haciendo, ya que se nos ha enseñado a sentir vergüenza de nuestra desnudez y, más aún, de nuestra sexualidad. El morbo nos atrae a hablar de él en la misma forma en que nos repele, y todos habremos vivido algún momento incómodo donde nuestra privacidad, en esos momentos de íntima entrega al placer, se ve perturbada por algún golpe en la puerta, un teléfono que suena, o peor aún, un intruso en la habitación.
Se acercó e inyectó el contenido de la jeringa a mi bolsa de suero. Supongo que si hubiese sido destinado a mi vena o a mi carne directamente, me hubiera tomado el tiempo de indagar qué diablos contenía aquella arma. Por otro lado, esa simbiosis y complicidad con los enfermeros y asistentes logra que uno baje sus defensas y uno procura importunar lo menos posible con preguntas necias