El libro revive con la muerte, y sin la muerte no tendríamos esta creación característicamente urbana que es la librería usada. Tampoco tendríamos esa otra creación maravillosa: las tiendas de ropa usada. La librería usada no se sostendría con el mero intercambio o desprendimiento voluntario de libros; si algo es seguro y necesario es la muerte, y una vez muerto el muerto, ya ni siquiera es un desprendimiento forzado lo que acontece, es una entrega de segundos a terceros, una donación a algún centro cultural o biblioteca o una venta a una librería usada. O, y esto lamentablemente sucede, un viaje a la cámara de gas de los libros: las recicladoras.
Un visitante de librerías usadas tiene asiento de primera fila a pequeños fragmentos de las vidas de otras personas, tiene asiento de primera fila para presenciar el aburguesamiento de nuestras prácticas de lectura, y no porque él no lea aburguesadamente, sino porque a través de la ventana que da al paisaje de la lectura ajena gana la distancia que le provee un marco. Este pase particular a un aspecto de las vidas de otras personas, este pase a sus lecturas, a sus eventuales recuerdos, a objetos de su uso, a pensamientos subrayados o anotaciones escuetas; este pase, decía, adquiere otro coloración, definitivamente una más colorida, a pesar de, o más bien gracias a, el evento que la rodea: la muerte
1.Un acontecimiento relativo a la espectacularización de la vida y a la reificación más cruda Una ideología de lo extraordinario predomina hoy en día: la idea de que si sucede algo fuera de nuestras coordenadas diarias de algún modo eso nos hará cambiar; la idea, típica ya en Hollywood y en los noticieros, de que las catástrofes traen a la
Ilustración por Alonso Fonseca :: Francisco Víctor Aguilar :: Hace un tiempo me referí a dos artículos de Álvaro Murillo, periodista de eso que llaman Diario y que apellidan La Nación. Dichos artículos son interesantes precisamente porque son artículos periodísticos, no de opinión. En ellos Murillo relata el viaje de Chinchilla en setiembre pasado a Nueva York, en el
A Sebas Siempre que leo La Nación saco dos pares de anteojos, unos rosados y unos rojos. Rosados porque al ponérmelos tiñen todo rosa, y así veo sexo en todo, o más bien, veo el sexo que está en todo. ¿Y qué color más apropiado para esto que el rosado, esa mezcla de blanco virginal y rojo carnal? Esos anteojos
“Lenin los salve”. Helio Gallardo Viernes, seis de la tarde, Plaza de la (sub)cultura. Congele la imagen. Va caminando, sus botas negras la hacen resaltar, su crucifijo invertido la diferencia, pero no la hace entrar en contradicción alguna con los evangélicos que disfrutan de un buen rap cristiano, menos aún con la bella comunidad de sordomudos. Sus alegres perforaciones labiales